Bad Bunny, el hombre y la tinta con la que se escribió el 2020

Bad Bunny ha sacado 3 discos en menos de un año, fue el artista más escuchado en Spotify y prácticamente, ha hecho lo que se le da su gana este 2020.
Ricardo Pineda
Diseño Slang por Elemental Studio; Fotos: Bad Bunny, Spotify y Rimas Ent.

2020, el año más turbulento en la historia de occidente moderno está por llegar a su fin, y Bad Bunny se ha llevado las palmas como el artífice de su soundtrack pop más pleno, implantando nuevos cánones en la industria musical. 

El boricua labró sus iniciales a su antojo, mezclando orgías estilísticas, cantando desparramado con la mandíbula holgada y con el cubrebocas en la barbilla; todo un ser elástico de la música plástica. 

Y no es que la palabra “plástica” tenga, en este sentido, una connotación negativa o positiva. La cosa es más compleja y sustanciosa. No todo es blanco y negro como tu tío el roquero y tu sobrina la reggaetonera le quieren hacer ver a todo el mundo.

Para entender por qué este 2020 hubo Bad Bunny hasta en la sopa, no se necesita ser un genio, pero tampoco es obligado pasar por la cansina discusión del talento musical; la imagen saturada, y los parámetros culturales con los que le ponemos luz verde o roja a los fenómenos del momento. 

Bad Bunny es el algoritmo del 2020

A estas alturas del torneo, El Conejo Malo ha ganado casi todos los partidos —a menos que llegue un crítico musical todo odioso y rancio a decir lo contrario—. Para no quedar fuera de la jugada, los medios tienen que hablar de su respirar para lucir actuales; las marcas deben hacer campaña con él (si les alcanza) para seguir vigentes y en las charlas de sobremesa uno tiene que conocer la vida y obra (exagero) de Benito Antonio Martínez Ocasio, el puertorriqueño de 26 años más importante del año. 

El autor de X 100PRE (2018); de OASIS (2019) junto a J Balvin; YHLQMDLG (2020); Las Que No Iban a Salir (2020), y el más reciente y arriesgado El Último Tour del Mundo (2020), ha logrado que su corta obra discográfica se inscriba en todos los adjetivos posibles y que su fenómeno tenga incluso una lectura política, social y cultural notable, en cuanto a la presencia de Latinoamérica en el mundo se refiere. 

Hoy, el mundo se divide en dos pese a la pandemia: Los haters y los fans a pelo que defienden el “ye-ye” como grito de guerra. Bad Bunny no sólo le ha ganado al algoritmo, se ha convertido en él.

Benito, un game changer

Si echamos un vistazo a la carrera al orgullo de Vega Baja, Puerto Rico, daríamos fe de una persona que ha entendido y superado completamente el juego acelerado y vertiginoso de la industria del espectáculo.

Benito ha asumido su papel como un entertainer y ha sabido voltear la tortilla de la industria, pareciendo un tipo rebelde e insumiso el cual tiene que sorprender aquí y ahora, modular sin que se vea, edificar el éxito orinándolo a pequeños lapsos, cultivar un estilo y dotarnos de hit pegajosos de forma incesante.

Hablamos de un ser voraz que ha asimilado las máximas de los tiempos en los que vivimos, con un discurso que toca temáticas como menos es más, las oportunidades son ahora, la imagen es identificación y toda esa pirotecnia.

El rapero y cantante es multicolor, sexy, friendly pero malandro, bobo pero cabroncillo, igualado pero respetuoso de sus raíces, y amante de la tradición de la que es parte. Ese es Bad Bunny, quien ha tomado la forma de los deseos de propios extraños, de sus fans y detractores por igual para ser encarnan ese figurín con capa que los de a pie necesitamos cada tanto. 

Aunque viéramos las fisuras evidentes, las exageraciones sistémicas que nos lo ponen en la mesa como un must be de la cultura pop, obviando las fórmulas milimétricas, habría que ser justos: Bad Bunny merece la cima.

No es como el fenómeno Kanye West, que figura una estrategia de marketing más interesante que el propio Kanye. Tampoco es el efecto Rosalía, que va y viene en devaneos tímidos, ni mucho menos es un J BalvinAnuel AA, quienes han tenido que pedir un poco de aire para descansar del estrellato.

Bad Bunny es una rueda que se ha tomado todo ese brebaje de la creatividad. La actitud de “yo hago lo que me da la gana”, ha sido fundamental para comprender a Benito, quien hoy es una estampa; un ícono; un sticker y un emoji de su espacio-tiempo con los arrestos suficientes para encarar el salvajismo que ocupó el año. 

Su verdadera fortuna 

Una de las armas más poderosas de Bad Bunny es su narrativa, que ha sabido absorber música distinta sin la necesidad de un calzador. A sus canciones lo mismo le viene un beat reggaetonero de fórmula, que una melodía fácil de ukulele; y hasta puede rapear bien sobre las guitarras rockeras que tanto le pican la cola a tu tío el metalero.

Además, rinde homenaje a sus padrinos de género; a sus ancestros salseros de la isla, o a la gente con la que creció en el caserío. Todo, sin abanderar un eco moralino, aleccionador o panfletario —lo cual lo hace ganar puntos en credibilidad y cercanía—. De nueva cuenta: La precisión de la imagen. 

Todos quieren salpicarse un poco de él: Jennifer López, Jhay Cortez, El Alfa, Daddy Yankee, Arcángel, J Balvin, Ozuna, Ñengo Flow, Wisin, Natanael Cano, Residente o Drake.

Los números de Bad Bunny en 2020

Bad Bunny le ha sacado máximo provecho a sus números y presencia en el mundo: Siete premios Billboard; tres álbumes en un año; y una fortuna en crecimiento calculada en 8.3 millones de dólares de acuerdo con Celebrity Net Worth, cosecha que se infla a cada segundo que respira el Conejo Malo desde 2016 (año en el que irrumpió en la esfera pública). 

En cuatro años, Bad Bunny no ha hecho sino cobrar más y mejor. Tan sólo en su primer año de fama ya cobraba 30 mil dólares por show y con lo ganado tras su primera gira europea, pagando salarios, e invirtiendo en su sello, Rimas Entertainment, Benito tenía en el banco más o menos 300 mil dólares. Eso en 2017.

Para 2019, se estima que el puertorriqueño recibía cerca de 100 mil dólares por show con ganancias cercanas a 1.1 mdd por gira. Todas estas cifras, fueron calculadas previo a su presentación el pasado Super Bowl, que con sus 103 millones de espectadores y su aparición en un instante, elevó su status y su impacto en el inconsciente colectivo.

Al corte de caja del año, el Conejo sumó 28 millones de suscriptores en YouTube, generando cerca de 80 mil dólares al año por reproducciones. Esta es una cifra similar de seguidores en Instagram, la cual aprovecha para ganar cerca de 700 mil dólares por cada foto patrocinada.

Nada mal para alguien que en 2016 todavía estaba estudiando en la Universidad; trabajaba en un supermercado, y en sus ratos libres subía sus rolas a SoundCloud. 

Bad Bunny y los locos de la colina 

Este éxito parece importarle más a quienes siguen pensando que el síntoma Bad Bunny tiene una impronta dura sobre el mundo dominado por guitarras. Lo cierto es que el boricua está vigente en varios sonidos y se encuentra en la cima de lo más escuchado, figurando en la playlist de tu primo el rock duro, de tu tía que antes sólo escuchaba a Ana Gabriel, o la de tu ex que oía pura música de avanzada. Todos ellos locos de la colina del momento. 

Y del otro lado de la colina parece que pega más el sol: 8,300 millones de streams alrededor del mundo (con México a la cabeza), de acuerdo con el ranking global de Spotify. Los números, la producción descomunal y el estilo de Bad Bunny parece ser el nuevo orden mundial del pop y no sabemos si el fenómeno se repita o crezca en 2021. Mientras la pandemia no acabe y venga un nuevo dinamismo digital en la industria musical, Bad Bunny seguirá exprimiendo ese limón del éxito que consiguió 2020. 

El Conejo Malo está en la luna, contemplando el infinito, teniendo sexo con marcianos y bebiendo néctar de sus cuernos más sublimes y exitosos.