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Caminando por las calles de mi barrio: Una historia de sneakers

Te voy a contar cómo me hice de este par. Uno que Chuck Taylor jamás imaginó y que los chicos de mi cuadra siempre quisieron quitarme. 
Ricardo Pineda
Foto: Fred Duval/FilmMagic.
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

“¡Qué buenos kicks!”, me dijo Federico al subir las escaleras, mientras cargaba peligrosamente las botanas y las cervezas. Agradecí el gesto pero también supe que Fede pertenecía a otra colonia. “Kicks”, no cacles, no tenis ni papos. Dijo “kicks”. En el barrio, los tenis siempre han sido un sinónimo de status, de posición, sobre todo de riesgo. Pero ante todo posición. Traer puestos un par de tenis de más de cuatro mil pesos, impecables, a las tres de la mañana significa una de dos: o eres alguien pesado o alguien muy tonto y con dinero. Federico dijo “kicks”, pero hace mucho, a finales de los ochenta, ni sneakers les decíamos. Eran tenis y ya. 

Después del Tratado de Libre Comercio fue otra cosa: bambas, botines, zapatillas, zapatillas deportivas. ¿Plátano o banana?, ¿qué prefieres?, ¿cuál es tu slang o tu flow que te hace brillar frente a los demás? Me resulta curioso que desde esta esquina, montado en mis Air Force 1 de media bota blancos, intachables, lo que se dice unos “coke whites”, el mundo resulta distinto, manejable y a mis pies. Pero no siempre fue así, aunque el cremeo y el medirse a partir de cuánto tienes existe desde siempre. 

Un tipo venía todos los días hasta acá, a la puerta de mi casa, no te miento, solo para verme puesto mis Jordan de charol. Él sabía más de historia que yo, y ni siquiera había llegado el internet a nuestras casas, pero su padre ―al igual que el mío― había trabajado de mojado un par de años en Nueva York. Mojado, brasero, indocumentado… Latinos con soul del Harlem y el Bronx, sin miedo a la comunidad del crack que limpiaba a la gente con la fachada del juego de la bolita. Pero eso sí, atletas de alto rendimiento. Fue así como llegaron los sneakers a DF, esa gran nube de smog

Pero el tipo que venía hasta mi puerta. Yo tenía ocho años y él doce, pero era más lento de pensamiento. Quizás también porque acumulaba más información en la choya que yo. Él me contó toda la historia: 8,000 años antes de que Cristo naciera ya había papos de madera, de cuero 5,000 años después, el antecedente de la falsa chori piel que usa tu primo “El Cumbias”. Hasta 300 años antes de la llegada del mesías sólo había cuero y suela de madera. Pero la verdadera cosa es del siglo XIX, 1852 para ser precisos, cuando surgieron los primeros tenis para correr. Tan sólo 20 años antes habían descubierto la llanta vulcanizada. Wow.

Antes no había tantas marcas como ahora y los sultanes del cuerhule fueron los pioneros: primero vinieron los Keds, hechos con suela de goma y tela, luego Goodyear (sí, la de las llantas) produjo el papi de los tenis, la panacea de los Ramones y los padrinos de toda esta mafia: los Converse All-Stars. Quizás ellos son los culpables de que yo sea hoy un “instacop” (comprador compulsivo). 

Llegaron mis “tackies” del gabacho

“No se vista gacho, vístace gabacho” pregonaban los vendedores del mercado negro, vendiendo las primeras novedades en los albores de los noventa. Hasta entonces yo no sabía nada de tenis, solo que el balón de basket en la lengüeta los inflaba. Este vecino, que luego le pusimos de apodo “El Común” en las canchas del barrio, me contó también sobre el inicio de todo: los Chuck Taylor, nombre que aún puede verse en los modelos clásicos de Converse, y que en 1924 se convirtieron en una sensación, fueron inspiración para asociar marcas con jugadores. De alguna manera esa modita de Taylor o los hermanos alemanes Rudolf y Adolf “Adi” Dassler cuando se unieron al juego, crearon sin saber no solo su propio negocio, sino toda una industria entera. Hablar de sneakers o “tackies” (como les dicen en África) es hablar de la historia misma de las marcas, del capitalismo ochentero tanteando el emporio que hoy sigue congelando los ánimos de los fabricantes del Bajío. 

1924 Converse Non-Skid Sneaker / Foto: Converse.

La suela de goma al principio era plana y cansada (una pesadilla si tienes pie plano), pero eso sí: muy muy livianos y flexibles. Los basquetbolistas lo resintieron en corto y la ingeniería se puso las pilas: válvulas de aire, amortiguador, confort y velocidad. 

Fueron los ochenta los culpables, y gracias a Michael Jordan ―más bien a su mami, como bien pudimos atestiguar en The Last Dance― que el fenómeno se disparó recio para 1984, cuando los Air Jordan lograron un clic instantáneo con la cultura hip hop. Nada mal para Nike, que construyó un emporio con eso. Para entonces llegaron los célebres Freestyles de Reebok y Run-DMC ya había firmado con Adidas. La legión de los sneakerheads había llegado. 

Mis padres siempre me dijeron que deformaban el pie, pero yo creo que corrigen el estilo y caminan sobre la fortuna. ¿Sabías que el año pasado se estimó que el mercado global de calzado deportivo alcanzaría los 95,140 millones de dólares (mdd) para 2025? Eso suma no solo a Nike, Adidas, Reebok y todos esos que fueron la gloria noventera. También incluye a los Gucci, Maison Margiela, Christopher Kane y Balenciaga. El imperio es grande. 

Pero volvamos al barrio. La primera vez que me quitaron unos cacles fue en la esquina de mi casa, nuevos, unos Dunk preciosos rojos, unos “tonal” (todos de un solo color). Carísimos, los comprabas en el tianguis de La Raza, Tepito o la San Felipe. Pero en la boutique aún no llegaba eso. Te digo que el TLC cambió todo. Pero poco a poco me fui convirtiendo en un “fresh” de la calle. 

Los Nike Cortez de 1972, cortesía de los capos Phil Knight y Bill Bowerman, fueron esos que hicieron correr millas a Forest Gump, y el ícono chicano de mis cholos de Los Angeles. Tuve un par clásicos. ¿Y qué me dices de los Vans 95? Ese modelo los siguen usando los skaters, y al parecer será su elección por los siglos de los siglos. Buen agarre en suela si le pegabas a la tabla.

Foto: Nike Cortez.

¿Recuerdas esa cosa espantosa que cubría todo el pie con una piel blanca tipo astronauta? Sí, los Starbury 1. No eran los más revolucionarios, tampoco los más bonitos. Pero se pusieron de moda por ser baratos y peculiares. Yo supongo que de ahí salió la moda fea que hizo posible el éxito de los Fila Disruptor que todos se copiaron en 2018. 

Mi hermano era el as del básquetbol en el barrio y yo su fiel escudero de tenis impecable. Siempre fui cliente de la rata. Me robaron unos Penny 1, unos Barkley que eran los asesinos del vecindario, también tuve unos cientos, te lo juro ¡cientos! de Air Force 1. Siempre hay que tener unos Airmax y unos Air Force 1, son como la leche en el refrigerador. 

Tampoco te voy a mentir y presumir de más, fui un “fugazi” (tenis falsos) como todos alguna vez, pero también un “goat” (el más grande) del coleccionismo en los pies. Entre tanto, creo que fui pagándole la universidad a los nietos de los dueños de Pony, Fila, Kappa y hasta Le Coq. Eran otros tiempos, siempre fue un mercado de lujo, pero caminable. Hoy la cosa se vuelve estratosférica. Hay cosas más allá en cuanto a precio que mis Ian Brown three stripes de Adidas, mis Nike Zoom Soldier X de LeBron James edición limitada o ese pionero para correr del 84 de Adidas. Sí, los Micropacer que tenían un microsensor para contar calorías. Hasta eso, tuve mis “grail” (ejemplares muy muy raros).

Lo que sí te puedo decir es que nunca fui un “hypebeast” (que siempre anda a la última y compra lo que las celebridades usan para parecerse a ellas). Tuve mi estilo, haciendo que mis Jason Kidd lucieran siempre elegantes. ¿Sabías que los Nike Air Max 1 fueron diseñados inspirados por el Centro Pompidou de París? Clásicos del arte contemporáneo. ¿Sabes?, los Kobe 5 de hace una década me parecen espantosos, pero también los tuve. ¿Sabes cuáles nunca y aún los quiero? Los Air Jordan 3 del 88, esos con print entre leopardo y mármol. 

Y… la joya de la corona, con 78 partidos ganados con los Chicago Bulls y un confort único en el planeta, los Air Jordan 11 de 1995 son mis favoritos, los más grandes y esos por los que todo el mundo me conoce. Los OG Concord que hoy valen más de mil dólares, esos. Pero eso no es nada por los 560 mil dólares que han pagado por unos tenis usados por el mismo Air, y ni cerca está del billón de dólares que le ha exprimido a Nike desde que su mamá lo forzó a hacerlo. 

Air Jordan 11, 1995 / Foto: Nike.

 

Cambió de arriba-abajo, lo que nunca pensé

Yo por eso le hago caso a mi madre, y dejé de ser fanfarrón y ponerme a trabajar. Colgué los tenis de la vagancia y me puse unos mocasines de oficina. Ahora recuerdo esos días de gloria como un sueño borroso del que no quisiera despertar. ¿Los Travis Scott de Jordan? No, gracias.

¿Qué te digo amiga? Caí en las trampas del deber contra las del placer, capitalismo al fin. Me convertí en un “reseller” (revendedor), un “slept on” (alguien poco valorado para la comunidad), y decidí cerrar ese capítulo de mi vida. ¿Te he dicho que el mercado de reventa es casi tan jugoso como el “legal”? Se calcula que el secundario, así le dicen, vale cerca de 1.2 mdd. Pero lo que sí te voy a decir es algo muy importante: desde que fue el boom y ahora que toda la industria global quiere seguir acariciando de forma infructífera la gloria de los días pasados, los tenis han sido importante por las historias que encapsulan. 

Más allá del status de traer unos limitados, poseer unos autografiados o hacerle al adulthood cargándote unos kicks amarillos de Star Wars, Kill Bill o Pikachú (¡mira, dije “kicks” como El Fede!), los tenis son importantes porque albergan narrativas que nos hablan, ¿sabes? Todo son ciclos, y el hype de las zapatillas deportivas llegó a un punto clímax en 2005, cuando el artista neoyorquino Jeff Staple colaboró ​​con Nike con las Nike SB Dunk Low, echando un vistazo a la nostalgia del pasado.

Nike Dunk SB Pigeon.

Diseñado con el logo de la paloma de Staple, el estreno de los tenis estaba programado para un lanzamiento limitado en la tienda del artista Reed Space, ubicada en el Lower East Side de Nueva York. Debido a que solo se produjeron 150 pares, se formó una fila brutal afuera de la tienda con días de anticipación, lo que provocó la llegada de la policía de la ciudad de Nueva York para controlar a la multitud. Todo se combinó para atraer a la prensa. Hoy en día, el precio de venta más bajo para un par básico de esos es de 11,000 mil dólares. Pero los especialistas en sneakers saben que el diseño no tiene nada de innovador; pura especulación de mercado. 

Todo el tema diseñador meets bambas me tiene un poco cansado y la mayoría de las veces es un abuso con muy bajo poder en el producto en sí. De ahí un imperio de tela tipo encaje con suela megacómoda comandado por Kanye West, que también eso de “imperio” también es un desfase considerando la inyección de capital solicitada en pandemia. Hoy en día, esas son las historias de los tenis en nuestros tiempos, no las de tu rapero favorito; las leyendas deportivas o los icónicos cómodos que enamoran a toda una generación por su uso, belleza y sentido orgánico. Lo sé, lo sé, sueno al viejo que le grita a los trenes, pero siempre fuimos los mocosos que colgaban los tenis del hermano mayor sobre los cables. El estilo callejero, de este lado del flash estadounidense, es así. 

¿Nike Air Zoom Huarache 2K4? No, paso, gracias. A mí esos homenajes a los inicios del baloncesto no me encantan. Pero respeto. Pero desde 2007 los Adidas Superstar me vuelven loco, eso sí. Los New Balance 993 2008 que son los “tenis de papá” por excelencia son los que uso hoy que ya soy c-ñor. Comparto con Smith lo dicho en el documental Kicks: The Great American Story of Sneakers, que lamenta el fin de la era callejera y de barrio de los tenis, un ícono completamente de las grandes ciudades, ¿sabes? También asegura que el modelo de lanzamiento limitado es lo mismo que la gentrificación de un vecindario. Barras. ¿Alguien dijo algo de la cosa esa que Kanye West hizo con Louis Vuitton en 2009? Sí, los Don’s que tenían cordones de oro de 24 quilates. A eso me refiero.

Y sí, por eso me retiré del mundo de los tenis. Cuando Nike, Converse, Puma o Adidas me contaban historias icónicas sin tanto flash o altruismo, la cosa era más sencilla. Solo se vendían un par de tenis increíbles, los “killers” del barrio. Se trataba de vender marca y calzado, que sí, siempre han estado ligadas a grandes personajes, pero en verdad, la esencia, sigue estando en los clásicos y eso es duro, porque me deja la sensación de que nuestra emoción ante unos “nib” (un par sin usar, aún en la caja), ya no será nunca la misma. ¿Será? No lo sé.

¿Cuáles son tus sneakers favoritos? ¿Cuáles son los sneakers por los que más has pagado? ¿Qué sneakers te gustaría tener? ¿Qué sneakers nunca te comprarías? ¿Qué modelo de sneakers odias?