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Fronteras, mística y familia: Un apéndice para el rap mexicano

Ni superproducciones ni billetazos. En México, el rap tiene su propia fuerza, vicios y carácter. Y ha costado sudor y sangre llegar ahí.
Ricardo Pineda
Fotos: Gera MX, Alemán, Babo y Santa Fe Klan, cortesía de los artistas y disqueras.
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

A diferencia de otros géneros, el rap que se factura desde hace algunas décadas en México posee una historia que si bien tiene una cronología más o menos unificada, resulta un tanto complejo atinar en matices y registros para ser fiel a su narrativa sin soslayar la impronta que lo hace ser lo que es.

Esto implica que son sus protagonistas los que poseen todos los detalles de la leyenda, la historia. A la fecha, aunque ya se ha escrito al respecto en diversas ocasiones, todavía no existen consensos o registros completamente nodales sobre todo lo que engloba el rap mexicano

Más allá de ser un terreno medianamente aceitoso a la hora de abordarlo desde una mirada ajena como la nuestra, ―en tanto que la memoria y la manera en la que esta baja y se comparte como información posee unos baches considerables―, esta imprecisión o multiplicidad de voces habla también de una riqueza y complejidad notables para entrar a él. Pero sobre todo, esa ambivalencia puede ser vista también como una fortaleza y personalidad innegables.

El rap mexicano hoy es fuerte, amplio, vasto y seguro de sí mismo. Pero tomó tiempo llegar ahí.

Eso es algo de lo que también hablan las canciones rap mexicano todo el tiempo, no solo de unas ganas individuales de ser el “Tupac” o el “Dr. Dre” mexicano. México posee un entorno complicado: es, entre muchas otras cosas, un país con boquetes enormes en su memoria histórica, supeditado primero a la conquista española y posteriormente a la colonización cultural de Estados Unidos (especialmente en el México post TLC de los noventa). Con una educación básica pobre, un entorno rural importante que existe pero que muchas veces se niega.

Quizás sea por eso que la historia del rap mexicano a unos no les tiene muy contento en sus inicios. Para otros es un “ni modo” eterno. Otros más saben que los comienzos son lo que son, en tanto el rap y la cultura del hip hop son un fenómeno con una raíz y un entorno bien definido; pero que su valía y su riqueza radica en esa suerte de “diáspora” mundial, en donde las localidades más particulares optaron por las bases y las rimas como un vehículo de sí mismos. 

Es así donde el inicio de figuras más bien involuntarias o “graciosas” como Memo Ríos o Caló, resultan anecdóticas. Sus nombres viven ahí en la historia, sí como pioneros pero con el apunte del medio del espectáculo televisivo y sus ánimos para cumplir con una función: entretener. Sin embargo, México ya traía consigo un pasado consciente, una marginalidad a punto de estallar y un sentido particular para contar las cosas. 

Caló–Lengua De Hoy (1990).

Fuera del humor

Sindicato Del Terror y 4to. del Tren pueden contarte un poco del inicio y cómo fue granjearse un nombre a ras de calle. Entre risas de un México conurbado, programas populares como Mi Barrio, lograron una impronta de su tiempo y su historia. 

Rancheras, soul, polka, spanglish y trabajo duro en la pizca. La frontera norte de México siempre ha sido crucial en la historia del rap mexicano. Y mientras el Distrito Federal comenzaba ese despegue desde aquello que tardaba en llegar previo a los tratados de libre comercio, en el viejo territorio mexicano fronterizo ya había una conciencia en el lenguaje, una sonoridad en el slang muy marcada y enfrascada en el mundo chicano, cholo.

Es ahí también donde podemos entender que Cypress Hill enriquezca lo mexicano y lo estadounidense a partes iguales y sea considerado parte de nuestro contexto. Aunque habrá quien piense distinto. 

Hubo disparos importantes, y ahí donde el breakdance estaba muy pegado a la cultura, el rap vino a través del programa de concursos de baile A Todo Dar de Imevisión (después TV Azteca). Chambelanes de barrio, granujas nobles con potencial de representar su calle y una inocencia enraizada en un mundo cruel fueron el caldo de cultivo de nombres importantes: ¿Alguien recuerda el terremoto de Rapaz?, ¿estuviste siguiendo “a toda la banda con las manos en el aire” de Viva la Paz en la calle?, ¿en dónde estabas de tu rap a inicios de los noventa, antes de que el cantón se incendiara, ese? 

Hay para quienes conceptos como “escena”, “generación” o “colectivo” hoy les resultan altamente cuestionables, en tanto la comparativa con el sistema que hace que un rapper estadounidense de media tabla pueda acceder a un status socioeconómico que muchas veces no posee incluso los nombres mayúsculos del rap mexicano. Pero en algún momento fue importante para tener identidad propia, quitarse la teta del vecino del norte y comenzar una narrativa particular.   

Depende a quién le preguntes, Nasty Style, Speed Fire, Vagabundos Underground o Controversia Funk fueron piedras angulares para despegar e inspirar.

MTV Latino apenas quería comenzar a ser el referente de este lado del mundo y las bajadas de grupos latinos vía TV siguieron ampliando el panorama. Vimos que Chile y Argentina podían con su propia historia, firmes y concretos. 

Ya a mitad de los noventa podías ver cómo Petate Funky se la rifaba en locales pequeños, retando a veces a pequeñas multitudes que iban a ver a La Castañeda, la Cuca o Resorte. Algo de lo que todos hablaban cuando el combo partía plaza era la forma de rapear de Big B, con un tueste ragga y a una velocidad encabronada. ¿A poco no conoces a Big Metra? 

Para la banda que vivía en la región nororiente de la periferia urbana, que iba desde la Gustavo A. Madero a Ecatepec, de Iztapalapa a Neza, Naucalpan y Cuautitlán, el hip hop fue creciendo considerablemente como para ir armando sus propias tocadas.

Poco a poco dejaron de intentar en Rockotitlán, la Diabla, el Alicia, Tropi-Rocko el Rockstock; los nacientes productores de la también incipiente música electrónica (techno y drum and bass, principalmente), comenzaron a coquetear con los MCs mexas y el interior de la República ya daba señales de vida fuera de sus fronteras.

De este lado al menos, muchos advenedizos que no estábamos convencidos nunca habíamos visto que el rap era algo serio hasta que llegó Mc Luka (Vieja Guardia, Reyes del Pulmón) de San Diego, y el Homie GMC conectó puntos vía Kartel Aztlán. El de Sociedad Café fue el cassette obligado de la raza que comenzó a vestirse con pantalones Dickies y camisas franeleras tumbadas a finales de los noventa y buena parte de la primera década de los dosmiles. 

Sociedad Café ‎– ¡Emergiendo! (1999).

Pero también habría que darle todo el crédito que merece al debut de Control Machete, que desde su origen más bien de “supergrupo” (sus tres integrantes tenían como agrupación principal otro proyecto), prendieron la mecha del rap mexicano de calidad a ese nivel, a esa cancha y con el respaldo de un sello grande para salir del subterráneo.

Para entonces, ya el incendio estaba en buena flama y se dejó caer la desbandada desde todos lados: Bola 8, Milicia Callejera, los sellos Histeria Colectiva e Hipnozys ya traían buen suadero para los tacos. Y de alguna forma llegó un momento previo a 2010, en el que el rap de Bastön o Caballeros del Plan G ya se cruzaba en las bocinas con el trabajo de gente como Microphonk, De Lo Simple, Twisted Minded, Nedman Guerrero, Bocafloja y Kch1, Jessy P o Ximbo, quienes tenían un buen tiempo forjando un estilo y nombre.

Aztek 732 ya para entonces era el DJ referente obligado y una puerta importante para que el rap comenzara a sonar más en el entonces Distrito Federal ante públicos más amplios. Centro Cultural España, Pasagüero, Foro Cultural Hilvana, Casa Vecina y una cantidad ingente de antros de moda jugaron al hip hop acá. 

El rap duro, callejero, subterráneo y de corte más hardcore también hizo lo propio con la Mexamafia, que representa aún a MCs, DJs, graffiteros, B-boys, productores y diferentes artistas de Aguascalientes, Jalisco, San Luis Potosí, Monterrey, Estado de México y Zacatecas. Su estilo y presencia es tan importante como decir Crayone, Messiah, Tankeone o Tabernario, y por supuesto uno de los nombres que hoy están en la cima, Gera MX

Rap solo, solo rap

Hoy sabemos que el mejor freestyler del mundo, Mauricio Hernández González (Aczino) es mexicano, que Alemán es quizás el rapero mexicano más popular en la historia y que Cartel de Santa mantiene un imperio que factura considerablemente. Sabemos que Santa Fe Klan trae rimas poderosas desde Guanajuato, que Eptos Uno es muy importante… que Niña Dioz, Milkman, Simpson a Huevo, Charles Ans, Sabino, Tino el Pingüino y Lng/Sht poseen un estilo propio y, aunque parecen caminar en otras canchas, también son parte del panorama. 

Tras la llegada del hip hop mexicano a la pantalla grande con el documental de Kyzza Terrazas, Somos Lengua (2016), pudimos dar cuenta del músculo, de la gama y la mística que invade y afecta al rap que se hace acá en México. Un fenómeno al que habría que ver desde su contexto y su multiplicidad, sobre todo en aras de no esperar una cosa de las dimensiones del “Kanye West” mexicano. 

En alguna ocasión, el locutor y escritor Feli Dávalos, quien entonces presentó un panorama de lo más destacado del rap mexicano en 2017, hizo un apunte en radio pública ante una pregunta expresa sobre la eterna comparativa de quién le parecía el mejor rapero de México que pudiera hacerle frente a las figuras de mayor alcance a nivel mainstream global. Dávalos, palabras más o menos, precisó que para él, el asunto carecía de sentido personal. “No lo veo así, para mí el rap mexicano va todo junto, sumando”.

 

Gooti Records, Mantequilla, Vieja Guardia, Quilombo, Homegrown, Desert Niños, Rich VagosC-Kan, Yoga Fire, Mare Advertencia Lirika, Erick Santos, Serko-Fu, KCL, Caporal, Remik González, Elote El Bárbaro, Adán Cruz, Faruz Feet, Mime 871, Danger, Mike Díaz… De todos ellos es este reino de su tiempo llamado rap mexicano. ¿Y qué, todavía esperas el flow neoyorquino sabor chile cuaresmeño? Nel, ese, aquí hay jale disparejo, rima culera chingona, calle mexicana de Tijuana hasta Chiapas… y más allá.