Shame barras en el rap: Rimas de la gloria a la infamia

Pese a que es uno de los movimientos musicales que controlan el mercado y las calles, el rap tiene un corazón de orgulloso gusto culposo.
Ricardo Pineda
Foto: Vanilla Ice, Ron Galella, Ltd./Ron Galella Collection vía Getty Images.
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

Cuántas veces hemos visto que en una entrevista nuestro rapero favorito, ese figurón con mayor cred en el barrio, llega a decepcionar a los puristas con una frase del tipo “yo empecé en el rap por los tenis, por la tele, porque en un comercial de refrescos vi que…”. Como fenómeno global de alcances indecibles, el rap tiene décadas permeando la cultura de cada colonia, y lo ha hecho desde momentos históricos críticos, con un signo sociohistórico importante tras de sí. Pero también a través de la comedia, la publicidad y la imitación. 

Ahí en donde la lírica de Nas o Tupac han levantado no solo una escuela, un mito y una industria entera, también ha implicado una ventana para los oportunistas, los antisolemnes o francos y entrañables aguafiestas. Rap en el mundo sobra, abunda el malo y el genérico, pero también no hay rimas serias sin pitorreo o humor. Detrás de sendos documentales y programas dedicados al movimiento también hay un Fresh Prince o un programa de variedades que solo busca usar el rap para entretener. La cosa es así. 

Sí, todo mundo quiere rapear como los grandes y ninguna leyenda nació con el don tatuado en la frente, y si bien para lograrlo se requiere un mensaje sólido, buena rima, carisma…y un poquito de gracia, lo cierto es que la historia y el mito del rap no serían nada sin los fans que lo hacen mal, sin los pilares involuntarios, sin las mentes retorcidas que han creado microsubgéneros enteros. Para todos ellos son estas barras. 

De Vanilla y otros sabores

Si de raperos importantes e involuntarios a partes iguales tendríamos que hablar, Robert Matthew Van Winkle, mejor conocido como Vanilla Ice, es uno de los punteros. Cuando surgió en la palestra pública, Vanilla tenía todo para enojar a la comunidad afrodescendiente del rap, puesto que su origen texano, más alejado de la rima y las calles, que de los foros y el showbuisness. Pero para muchos fue junto con Mc Hammer ―incluso con más credibilidad y respeto que Vanilla― la puerta a una cultura que evolucionaría en algo mucho más decoroso a la postre. 

Imagina ahora que eres Vanilla Ice, un tipo conocido por ser un “one hit wonder” y que tres cuartas partes de ese hit te lo soplas musicalmente de Queen y David Bowie, a quienes inicialmente no les diste crédito en su momento. Treinta años y más de 46 millones de dólares después, la canción sigue sonando pegajosa como la brea. No está tan mal que te recuerden como el primer rapero-actor-bailarín de la infamia de la historia, ¿cierto? 

El caso y la valía que tiene Ice para la historia del rapper es similar a la suerte que sufrió el trío The Sugarhill Gang cuando reventaron los charts con Rapper’s Delight” en el 79. Si bien es una canción importante, entrañable y sólida, esa mancha de ser un grupo prefabricado le sigue pesando a los rappers de cara seria, quienes no ven crédito alguno en personas de la televisión como Arsenio Hall o los sketches de comediantes rimados.

Sin embargo, esas ínfulas, al principio criticables, de alguna forma también hicieron más amplio el futuro no solo del rap sino de la cultura hip hop como signo de la expresión contemporánea. ¿Alguien ya viajó a Toronto de 1993? Detrás de un megahit como “Informer” había un rapero blanco potente, que experimentaba con un estilo reggae-toaster bien sabroso.  

¿Alguien piensa que se necesita ser mayor de edad y traer los pantalones bien puestos para pegar en la radio? Seguramente no conocen a Kris Kross, la efímera mina de oro descubierta por el potente productor Jermaine Dupri. Pese a ser un poderoso hit y haber vendido 5 millones de copias, fuera de “Jump”, Kris Kross nunca tuvo el arrastre esperado ni se quitaron el halo de ser los niños del rap con la ropa al revés. “Trampas de la fama y ganas de hacer rap todo lo que se moviera” también es el nombre del juego. Rest in Power Chris Kelly (1978-2013).

En un país que también venía del ecosistema funk y del cine blackxplotation, en donde los pimps, la cocaína y el sexo a granel fueron partes de la mística de la que también la cultura hip hop ha extraído su néctar, una canción como “Baby got black” de Sir Mix-A-Lot de 1992 no solo era graciosa, sino también un himno natural de la cultura rapper. Aunque hoy el mainstream pueda más bien matizarla.

Este tipo de piezas remiten de forma inevitable la influencia de personalidades como Rudy Ray Moore, comediante estadounidense que muchas veces ha recibido el tan sobado mote de “padrino del rap”, al ser uno de los primeros comediantes en grabar discos rimando, bajo su infame personaje Dolemite, un completo pimp desfachatado de alcances sumamente hilarantes (e incorrectos). Hay una película reciente sobre él en Netflix

Pero la infamia es amplia y no conoce límites, ni fronteras. Y si creías que los basquetbolistas intentando hacer malas rimas o Bob Dylan pujando por entrar en la modernidad con Kurtis Blow era el límite de los excesos rappers, seguramente aún no habías echado un vistazo hacia a América Latina

Flow latino farsante

Teorías, versiones y sombrerazos aún se debaten por saber quién fue la primera figura o el primer rap en español. Spoiler alert: no vino de las calles, el graffiti ni los B-Boys. Y si del lado de España han visto en las primeras rimas de la música de Alaska y Los Pegamoides (“Bailando”) o Radio Futura (“Paseo con la negra flor”) los albores del rap de habla hispana, en Venezuela la cosa es más antaña, chistosa y clara. El primer rap en español es de 1979 y sí, la invasión de “Rapper’s Delight” en versión sabrosa. Es el momento de “La Cotorra Criolla” de Perucho Conde

Con una diferencia de meses muy escasa, pero significativa, nuestro comediante de la rima fácil, Memo Ríos, hizo lo propio: ser el pionero del primer rap en México. Mismo tema, misma dosis de humor, pero con un sentido demasiado chilango, lo cual le hizo ganar una nariz de influencia callejera al buen Perucho. ¿Alguien topa “El Cotorreo”? Grande Memo.

Memo Ríos, el primer rapero (involuntario) de México.

Caló, “caliche” es un sinónimo de slang, de lingo, de jerga… códigos para identificarnos. Y casi una década después de que Memo Ríos pusiera la primera piedra, el medio del espectáculo nos regalaría el primer código identificable del rap mexicano comandado por Claudio Yarto, Caló. Pese a todo lo prefabricado que pudiera representar para el mundo del incipiente hip hop latino, ahí había elementos, rimas y pues sí… ”No puedo más”. 

Y si Dolemite en Estados Unidos es hoy un ícono cultural que la comunidad hip hop reconoce para bien o para mal, hay quien se ha preguntado seriamente si Mr. Jat, para muchos el peor rapero de México, es realidad, ficción, pimp o una cosa peligrosamente en serio dentro del mundo lo-fi de la red. Desafiamos a encontrar una mejor versión de esto. 

En un camino paralelo caminan las batallas infantiles y adolescentes de freestyle en toda América Latina, ejemplos poderosamente penosos existen y abundansobran. Y de alguna manera también son parte de este jocoso (o no tanto) ecosistema en donde solemos tener la versión mexicana del involuntarismo más puro. ¿Alguien se acuerda de los Kris Kross mexicanos? Es momento de que conozcan a Coyo-T. Algo no anda bien aquí.  

Pero en profesional

De alguna forma lo involuntario, lo erróneo, penoso o lo francamente anómalo tiene en Estados Unidos una tiempo de vida corto antes de que sea un fenómeno rentable de alcances globales. Algunas veces resulta en experimentos sociales totalmente conscientes y objetivos claros, lo cual si bien le resta frescura al fenómeno, no deja de ser “extraño pero también muy interesante”. Un ejemplo: el actor Joaquin Phoenix en un mockumentary dirigido por Casey Aflleck titulado I´m Still Here (2010), en donde el actor puertorriqueño juega a ser él mismo, salido de sí y harto de actuar, lo cual se sabe también es cierto, y declarando abiertamente que se dedicará al hip hop.

Para una época en donde la clase media estadounidense aún solía pecar de cierta inocencia, el flujo entre entretenimiento, pena ajena y ejercicio fílmico a la “no creerás lo que pasó después”, I’m Still Here es un ejercicio raro, por decirlo de forma amable, pero que de algún modo pone en relieve ciertos aspectos dignos de mención de la sociedad norteamericana que suele convertir en billetes de dólar prácticamente cualquier cosa.  

De vuelta a Toronto. ¿Qué nos dicen de los rappers que dicen “órale va, esto va en serio”, pero que por todos lados quisiéramos no haberlo visto nunca? ¿Alguien le habló al Millonario canadiense del pasado?

Occidente incluso tiene muy claro quienes no debieron haber cruzado la línea, ponderando sus peores raps de todos los tiempos, en donde podemos encontrar a Andy Murray, Victoria Aitken, el mismísimo Dee Dee Ramone the Ramones, o el gran… oh no… tú no, Lou Reed. Comparado con esto, cuando Alicia Keys salió a rimarle a 50 Cent en plan “así o te rapeo más lento, hermano” parece una cosa decorosa.  

Son quizás estos excesos los que han hecho alejarse a muchos del rap, aunque viéndolo de cerca el pop y el rock ya no tienen mucho qué decir. El humor, involuntario o no, siempre tiende a aderezar la ensalada, extender el chicle y expandir la masa. Una prueba está en uno de los debuts más “en serio” de este problemático 2020, cuando el colectivo de comedia angelina Foos Gone Wild se fajó los pantalones y se armó un disco al que no le importa rappear la cumbia, el funk y los clichés de la comunidad mexicoamericana. Tenemos un contrincante para desbancar a The Lonely Island, quien hasta hace poco ostentaban ser los amos del rap-comedia. 

Y bien… ¿quién tira la primera rima?