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Columna Slang | De un rancho a otro: verdes, tumbados, sierreños y arremangados

Los corridos tumbados controlan las listas. Ese ‘momentum’ por el que atraviesan se debe una serie de factores que vale la pena revisar.
Ricardo Pineda
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

Desde que la música mexicana ha logrado construir un sustento y negocio rentable a su alrededor, la ambigüedad de etiquetas, motes y acotaciones han sido una ayuda importante para ubicar de forma mucho más clara a los artistas, estilos y movimientos musicales locales hacia el exterior. Pero también ha resultado ser una barrera notoria para aquellos que no encajan con esas etiquetas y descripciones.

Esa especie de “narrativa oficial” suele descartar de forma automática a los “impuros” de la generación. Calificativos como típica, autóctona o vernácula han sido un terreno jabonoso de acalorados debates al respecto. Y el llamado Regional Mexicano es uno de los ejemplos más recientes y contundentes de un fenómeno que hoy tiene a los corridos tumbados en la cresta de la más reciente ola del éxito musical mexicano.   

Cabe señalar que paralelamente a la industria musical el día a día de las personas impone también otras visiones y narrativas a la oficial, o establecida en turno. De tal manera que la música regional mexicana o Regional Mexicano, si bien tiene más de tres décadas de emplearse y concentrar a buena parte de la música y exponentes de toda la república ―incluyendo el folclor del sur más profundo―, su uso frecuente tiene entre nosotros menos de dos décadas y mantiene ciertas particularidades que la vuelven imprecisa y nebulosa. 

Hoy día, el Regional Mexicano pone el foco sobre sonoridades imperativamente norteñas, en donde lo mismo cabe la banda, los corridos o las baladas, pero que su evolución y cruce con ritmos pop han engendrado también corrientes como el alterado, el duranguense y, en especial, los corridos tumbados. 

Así, lo que durante el fin del siglo XX conociéramos como género grupero ―en donde lo mismo cabían Los Bukis, Los Caminantes, Bronco, Mi Banda El Mexicano, Límite o Ana Bárbara, hoy forma parte de ese complejo ecosistema comandado por la riqueza cultural del noroeste mexicano y su constante reinterpretación, derivada de su inminente intercambio fronterizo.

Desde 2001, año de creación de los Premios a la Música Regional Mexicana a cargo de Billboard y Telemundo, la nueva generación en la industria musical tomaría la estafeta mediática de lo que estaba sucediendo en buena parte del sur de Estados Unidos (Texas y California, principalmente), y en el Noroeste de México. Era el momento de irse despidiendo de los discos físicos y abrazar los plays en plataformas digitales, pero también de abrazar la crudeza y localidad de artistas que cambiarían la dinámica del juego como El Komander, Gerardo Ortiz o Ariel Camacho

Chalino Sánchez comenzó su leyenda de forma independiente, grabando y distribuyendo su propio material. Imagen: Discogs.

In Chalino we trust

La temática cruda, los ritmos vertiginosos y la renovación del folclor norteño que hoy impera en los corridos verdes y las modalidades modernas del sierreño no son nuevas en su esencia más vital; han sido parte de un diálogo vivo que atiende al contexto de la región, en donde la vida de rancho, el origen humilde y el encumbramiento del “yo” y todo lo que esa vida conlleva entre el placer, el amor, las envidias o las revanchas, son temáticas que le dan forma.

Esto encuentran eco en el rap y el trap, lo que de alguna forma explica el auge de artistas que hoy están tomando por sorpresa las listas, tales como Herencia de Patrones, El de la Guitarra, Natanael Cano, Junior H, Ivonne Galaz, Lluvia Arámbula, Ovi y prácticamente todo el abanico de talento que conforma el sello Rancho Humilde, afincado en Compton, California y que marida el bajo sexto, el acordeón y la tuba con el auto-tune, los beats y las letras rimadas de ráfagas repetidas. 

Portada del compilado Corridos Tumbados Vol. 2, lanzado el 29 de mayo de 2020. Imagen: IG Art of Selene

Habría que pensar ineludiblemente en Rosalino Sánchez Félix, mejor conocido como Chalino Sánchez. Enigmática figura de la música norteña a la que se le atribuyen las bases del sierreño, vertiente que le inyectó un halo mucho más crudo y directo a la herencia norteña ―ceñida habitualmente a los corridos, el cruce tejano y la herencia europea de la polka y el vals proveniente de los años 1800s―. Y que de alguna forma, puso en relieve al antihéroe musical de Sinaloa por antonomasia: un joven duro, (murió a los 31 años, en 1992) difícil de rastrear en su biografía, y con un carácter mucho más inclinado hacia adelante. Algo que contrastaba con el idílico halo de humildad, sencillez y la sensibilidad del campo. 

“Cuando te das cuenta de la gente que vive exactamente en el mundo y contexto del corrido, son miles y miles de canciones”, afirma Saúl Fimbres, cantautor sonorense que si bien incorpora elementos de la herencia norteña mexicana, es un buen ejemplo de la complejidad y amplitud ramificada de esta hacia otros linderos- si se les quiere llamar alternativos o tangenciales, a la narrativa oficial del Regional Mexicano imperante.

“A mí al verlos a ellos (los tumbados), se mantienen un poco al margen, retomando más elementos del rap (…). Sí hay mucho corrido en California, siempre ha sido importante laboralmente para quienes hace corridos y música norteña. Una prueba importante es que las empresas más importantes de corridos están en Los Ángeles. Y ese parteaguas de esa generación de hacer hip hop con norteña creo que fue Ariel Camacho (fallecido en 2015), quien encontró esa voz que el público mexicoamericano estaba buscando”. 

Retomando esa estafeta encendida por Chalino Sánchez y correspondida por Ariel Camacho, habría que obviar también toda una evolución en la música norteña, misma que siempre ha echado mano de la tecnología musical desde los tiempos de los teclados y baterías eléctricas de Bronco, Los Caminantes o Los Temerarios; hasta los albores de la techno-banda de Mi Banda El Mexicano, o los cruces en las producciones de Selena; hasta aterrizar con la generación mexicana afincada en Estados Unidos de la última década. 

Con 18 años, Natanael Cano irrumpió en el nuevo panorama de la industria musical hace poco más de dos años, ganando una notoriedad inmediata entre la nueva generación de músicos que conviven bajo el halo de los corridos tumbados, fenómeno que hoy no se entiende sin la visión del promotor Jimmy Humilde y su sello. Pero también con el ecosistema que permiten Instagram, Youtube y los sistemas de streaming.  

Y si bien el carisma y talento de Natanael Cano hoy parecen ir dejando poco a poco los elementos netamente norteños y de corridos para incorporar al trap, la revitalización de Cano ha venido a lograr lo que el Regional Mexicano no había logrado en décadas: unir los puntos idiosincráticos de la vida de un mexicano en el ámbito estadounidense, asimilando el vértigo en la forma de escucha impuestos por el shuffle del iPod en su momento y el infinito diverso de Spotify. Haciendo también eco con el pop e incluso el reggaetón.

No por nada los números, afinidades temáticas y el algoritmo han puesto a Natanael, artista del momento, en colaboración con otro titán de su tiempo: Bad Bunny.  

Foto: Instagram.

Javier Zabaleta, ingeniero de audio y actual acordeonista de La Plebada, perteneciente al sello Homegrown Mafia, y apunta que musicalmente existen ciertos elementos claros que unen los puntos evolutivos de la tradición norteña con la nueva dinámica de los corridos verdes, tumbados, así como el sierreño urbano, entre otras vertientes. “Uno de los elementos nuevos más notorios es la lírica y la armonía. La música norteña tradicional solo estaba basada en tres acordes y dos ritmos. Al explorar nuevas progresiones, las posibilidades melódicas se ampliaron. Hace siete años veíamos cómo apenas había un acorde menor. Hoy tenemos un panorama mucho más completo”. 

Ante las críticas y ciertos descalificativos que abundan en las redes, poniendo a los corridos tumbados en la misma suerte inicial de otros géneros como el reggaetón en su momento, Fimbres, ―quien confiesa no ser del todo adepto a este estilo―, precisa un elemento a su favor: “Nunca puedes decir que algo viene en detrimento de la cultura. La cultura también es una serie de pensamientos y costumbres que empapan a un pueblo, entonces esa es la voz de esa generación y de ese contexto”.

Por su parte, Zabaleta se dice estar contento de poder ver la música de esta tradición renovada y en un dinamismo comercial afortunado. “Creo que es una gran oportunidad para llegar a nuevos mercados y mantener vigente nuestra cultura y sonido. Me motiva ser un sombrerudo empoderado en esta nueva industria”, asegura el músico, quien también ha colaborado de cerca con artistas tan diversos como Mon Laferte, Eugenia León, entre otros.

Cartel de Santa escuchando entretenido a Adriel Favela; La Plebada incorporando los rayones trap arremangados con su electro-acordeón tuneado (antes un sello exclusivo de fenómenos como Nortec, en festivales de rock y pop); Adrián Nodal romanceando con un mariachi turbo refrescado; Farruko tanteando tumbados; o el único Junior H refinando una especie de “sad-sierreño-psicodélico”, son solo una muestra de que hay estrellas nuevas en el vecindario y que están tumbando fuerte los purismos de la música vernácula norteña. Clamando por el oro y siguiendo una vena igual de válida que los primeros conjuntos fronterizos, en donde el sentir del Bajío, Tierra Caliente o Michoacán se han aglomerado de manera radical, cuestionando imposturas y atavíos que habitan en eso que aún llamamos Regional Mexicano.