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Columna Slang | Este es mi fusil: mi pluma, mi micrófono y mi guitarra

Desde que la música es importante para el ser humano, se ha levantado la voz contra la inequidad e injusticia. Una tradición fuerte y clara sigue vigente.
Ricardo Pineda
Foto: Chuck D, Flavor Flav, Terminator X, miembros de Public Enemy, septiembre 1988 / (Jack Mitchell/Getty Images).
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

En el verano de 1962, Bob Dylan ―entonces solo una joven revelación del folk norteamericano― escribió “A Hard Rain’s a-Gonna Fall”, una de sus mejores canciones, relacionada sobre todo con la oposición a la posible amenaza de una guerra nuclear y estrenada en el contexto de los conflictos con Cuba y los Estados Unidos de la era Kennedy. Y si bien la tradición musical del mundo ya antes había echado mano de los sonidos y las letras como instrumento de protesta, esta era una de las primeras veces que una figura popular de ese calibre comenzaba a detonar una conciencia social a través de su música, al menos a ese nivel. 

La música, en un sentido primario si se quiere, lleva en el planeta prácticamente el mismo tiempo que la especie humana. Desde las primeras concepciones tribales y con otros fines, más prácticos digamos, los primeros sonidos humanos organizados se encontraban lejos de pasarla bien en la fiesta y el entretenimiento.

La música, antes de conocerla como la concebimos hoy, era transmisión bruta de información relevante, contacto con los dioses o vínculo entre las personas. Algo inmediato que provenía de la tierra y conectaba con el corazón.

La música de la inconformidad, las proclamas de equidad y los gritos desesperados contra aquello que nos oprime proviene desde épocas remotas, en donde la guerra y el esclavismo eran ya moneda común. Este registro nos ha permitido trazar cosas importantes: generar una memoria en donde al mismo tiempo encontramos la primera canción sobre los derechos de la mujer (“Rights of Woman“, 1795), el racismo en Norteamérica (“Strange Fruit”, 1939) o incluso la opresión campesina de América Latina (“El Barzón”, 1942), entre un vasto horizonte de piezas que gritan por aquello que no es justo.  

No resulta raro ver entonces, como lo cuenta Dorian Lynskey en su libro 33 Revolutions Per Minute, que durante la década de los cincuenta y los setenta, la música de protesta se asentó más que nunca en medio de momentos políticamente complejos y gracias a los movimientos de izquierda. Fue así como floreció en un principio gracias a la lucha contra la segregación racial, el movimiento por los derechos civiles y las protestas por la guerra de Vietnam. Más adelante continuó como protesta contra gobiernos neoliberales como los de Richard Nixon, Ronald Reagan o Margaret Thatcher y, en menor medida, como apoyo al movimiento por los derechos LGBTI.

Con el paso del tiempo, la música de protesta ha atravesado por picos y momentos importantes, en donde la máxima expresión fue una especie de subgénero que atravesó el mundo entero. La llamada canción de protesta, ―que consiste en letras claras y analogías directas―, atravesó las décadas más complicadas de la Guerra Fría de Occidente, los tiempos dictatoriales de la América Latina militarizada, así como los restos del fascismo europeo, los vicios del socialismo corrupto de Asia, e incluso el extremismo religioso de Oriente Medio. 

En este contexto, la guitarra y el mensaje fueron por años el arma con mayor credibilidad de la década de los treinta hasta los albores de los ochenta, casi de forma innegable; una fuente de donde el rock y sus derivados han bebido por años para darle forma a sus caudales más conscientes y politizados. Sin la protesta en la música, prácticamente no existirían géneros como el punk, el mismo hip hop, o incluso las vertientes más duras y vertiginosas de la música electrónica. 

Foto: Wu-Tang Clan en Coachella 2013, AP.

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Con el avance del capitalismo y el libre mercado en el mundo moderno vino también un desafío doble. En palabras de Charly García, ―el célebre músico argentino que vivió los estragos de la dictadura militar en su país―, “habría que vestir a la oveja de lobo, pero que siguiera siendo lobo”. Poco a poco, toda expresión popular musical fue susceptible de caer en una industria, (de algo tenía que comer el músico, qué mejor que de sus canciones). Incluso aquella que era censurada, incómoda y que tiraba de forma frontal contra el sistema y la máquina.

De alguna forma, la democratización de la tecnología y la marginalidad, que fueron elementos que dieron origen al rap, también enfrentaron esa veta que parece corromperlo todo. 

Fue así como el discurso de protesta también formó parte de la industria del entretenimiento:Imagine” y “Give Peace a Chance” de John Lennon fueron éxitos rotundos que comenzaban a protestar sin la beligerancia y confrontación de los años anteriores. O The Clash, íconos seminales del punk más diverso de Inglaterra, también se convirtieron en un multitudinario ente rentable. Bob Marley y su “Get up Stand Up” despertaba conciencias pero levantaba más ceros en la cuenta que levantamientos contra el poder. ¿Qué pasaba? Nada, solo que el pop estaba enterado de la cruda realidad social y participaba de ella denunciándola… desde la comodidad que convertía a los ídolos en estrellas faranduleras inalcanzables. Bien lo dijo Joe Strummer: “Peleé contra la ley y la ley ganó”.  

Desde la segunda mitad de los noventa y hasta hoy en día, las protestas y los llamados al cambio desde la música siguen sucediendo, quizás de formas mucho más urgentes pero también desde una manera menos directa. En donde el internet juega un poderoso recurso para los artistas más pequeños, y en donde el mensaje de largo alcance de las grandes figuras suele combinar de forma contrastada con el estilo de vida de las celebridades que lo porta.

Así, no todo el rap es el noticiero con mayor credibilidad de tu barrio, como se pensó en algún momento, así como no todo el pop o lo que sucedía en MTV era una basura plástica desechable. Para ejemplo ahí está el activismo reciente de las chicas K-pop en Corea del Sur.

Protesta en tiempos del bling bling y pandemia

Al día de hoy, esa tradición continúa y seguirá existiendo mientras haya desigualdad, pobreza, hambruna, o algo por qué luchar y que no está bien en el mundo. Sin embargo, la protesta en la música se ha complejizado y agudizado en tiempos del bling bling y la aspiración multimillonaria. 

Una de las cosas más valiosas de la música es que esta nos abre caminos, y al igual que la literatura, nos muestra otros mundos y formas de escuchar lo que nos ajeno en apariencia, de ahí algo de su poderío: nos ayuda a leer entre líneas.

De una forma más amplia, y si queremos escuchar con atención, nos invita a saber de dónde vienen esos gritos, a tomar a Bono y a Madonna con reservas cuando vienen a decirnos cómo despertar como sociedad, pero también a cuestionar a los líderes desde un ritmo agradable y pegajoso. 

Hay quienes aseguran que la música de protesta se encuentra prácticamente extinta en el mainstream, que entre más pasa el tiempo cada vez menos escuchamos el mensaje político detrás de la música. Sin embargo, ante esta máxima se puede encontrar un ejemplo claro en cualquier parte; el mundo vive en conflictos constante. 

Tan solo la crisis financiera de Estados Unidos de la década pasada, ―traducida en la pérdida de más de medio millón de empleos al mes y la desaparición de cuatro millones de hogares en tan sólo dos años―, provocó una aguda tensión social sin precedentes en la brecha de nivel de vida, hecho que también detonó conflictos que, una vez más, recuerdan la brecha racial, religiosa y sobre todo ideológica de otros tiempos. Hoy, esas consecuencias en el mundo enmarcado por una pandemia global, parecen acentuarse.

Foto: Bob Marley / Michael Ochs Archives/Getty Images.

Ante sucesos como este, pareciera mentira y entretenimiento, pero siempre serán necesarias las películas, libros o cualquier expresión humana para responder al cambio social, político o económico imperante.

Resulta incómodo y curioso ver una producción del nivel de “Ooh La La”, el nuevo video de Run The Jewels, en donde critican el poder del dinero… ¡con dinero! Y seguro de ello se hace dinero. Pero más allá, si logramos leer entre líneas, el mensaje que importa está ahí.  

Cierto es que la mayoría de la música pop se vuelve grande porque es también algo así como un alivio; en parte aleja a las personas de los dolores y preocupaciones de sus vidas. Y aunque exista un Fher de Maná preocupado por las tortugas o un Chris Martin de Coldplay a favor de las comunidades más desfavorecidas, su dinámica habitual pareciera siempre ser dibujada por el éxito, el carisma y las canciones que son himnos de amor.

Quizás habría que ver con otros ojos. Hay a quienes prefieren radicalizar sus preferencias y entablar una sintonía ideológica más con, digamos Pussy Riot, el rap duro y consciente o el folclor local que levanta la voz, que con el bling bling lifestyle, o el “yo soy más que el de enfrente” del gangsta rap noventero. Hay otros incluso, más entusiastas, que piensan que la resistencia se continúa cocinando a fuego lento, esperando el momento más oportuno de estallar en forma de canción. ¿Seguirá viva la protesta en la música?