Columna Slang | Kanye después de Kanye: rap, éxito y muchas fantasías oscuras 

Un rapero que cambió las reglas del juego, un superproductor, mesías en la tierra, político y siempre algo más. Tenemos que hablar (otra vez) de Kanye West. 
Ricardo Pineda
Foto: Kanye West, AP.
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

En el penúltimo capítulo de la cuarta y más reciente temporada de Hip-Hop Evolution estrenado en enero de este 2020, el productor de Chicago Ernest Dion Wilson, mejor conocido como No I.D., declara en un tono más bien apesadumbrado, aunque franco, que como rapero Kanye West nunca se ha caracterizado por tener demasiada contundencia al micrófono, una idea ampliamente compartida y difundida por más de uno durante las últimas dos décadas.  

En contraparte, el mismo No I.D., considerado uno de los mentores musicales de Kanye, así como de personalidades del calibre de Dug Infinite, Kyambo Joshua de Roc-A-Fella Records o el mismo John Monopoly, su manager; reconocen que pese a su falta de credibilidad y respeto iniciático al interior de la cultura hip hop, West siempre ha sido un tipo decidido y con un trabajo minucioso como productor, cuidando las bases y el despliegue de sus ideas hasta niveles obsesivos, algo que no solo sustenta su valía como un ente creativo, sino que lo convierte en una parada ineludible para comprender buena parte del rap mainstream de la última década. 

Desde sus primeros pasos como beatmaker a fines de los noventa, o sus disparos discográficos en los albores del siglo XXI, Kanye West se convertiría en un rapero que llevaría al género por un nuevo portal dimensional, uno en donde la calle, el gangsta flow y el slang de los de a pie cambiaría por un rap concepto plástico, que podía mutar en prácticamente cualquier cosa. Pero también por un mundo de autos de 2.4 millones de dólares (mdd), diseño de ropa, extravagancias sinfín y sobreexposición de la figura mediática. 

Kanye Omari West, Ye o Yeezy (para los creyentes de las palabras de uno de los trends más recurrentes de internet), la idea o el fenómeno Kanye West pareciera ser un suceso cultural mucho más complejo y polémico que Kanye en sí mismo. ”Te amo más de lo que Kanye se ama a sí mismo”, tenis Kanye, memes y humor a la “chili con Kanye”, fortunas de 1,300 mdd y psicopatías con tintes republicanos, también megalomanía celestial y garbanzos musicales de a libra cada tanto.

Mamá, papá, ¿tenemos que hablar de Kanye West otra vez? 

Kanye, el superproductor incómodo

Si hubiera que rastrear la trascendencia musical de Kanye West, dejaríamos de lado los mitos, la leyenda y la siempre problemática condición de “personalidad multimillonaria”. Kanye sobresale también por inyectar una reingeniería creativa, a veces frívola y obsesiva; y otras muchas genial y asombrosa, al rap, llevándolo a niveles antes impensables. 

Es Ye el constante “no pero sí”, que reconoce a regañadientes su genio impreso en The Blueprint de Jay-Z (2001), que ubica perfectamente el tino para hacer de The College Droput (2004) y Late Registration (2005) obras importantes de su época, y que como tal, exacerbaría la fastuosidad pop, los ánimos barrocos y conceptuales, e incluso el diseño sonoro que sobrado y cansino de los años siguientes.

Tras el éxito de su tercer álbum de estudio, Graduation de 2007 (tercer álbum más vendido de su año en Estados Unidos, con 2.7 millones de copias), el ascenso del personaje topó también con una aparente obsesión cada vez mayor por mostrar samplers más sorprendentes, canciones de diseñador con decenas de músicos y productores detrás, y hits que en ocasiones se han disociado completamente del rap y el pop habitual. 

808s & Heartbreak (2008), para algunos es la piedra de toque de la nueva generación de rappers de la última década en Estados Unidos, en donde esta idea de innovación se hizo demasiado consciente, y fue también bandera del exceso reflejado en el My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010), otro álbum que para algunos es la pieza maestra de West, y para otros, una especie de “Chinese Democracy” para millennials

Kanye ha pasado horas frente a su computadora a grados indecibles hasta plasmar la idea que quiere en tiempos, beats y cortes precisos, pero también mantiene ya un despliegue de equipo y herramientas disponibles a su alrededor que podrán hacer lo que él desee e imagine, como un artista plástico superstar que delega sus bocetos a los empleados de su taller. Factura de sonidos y millones.  

El productor de Chicago ha dicho cosas como: “Ni siquiera escucho rap. Mi departamento es demasiado agradable como para escuchar rap”. Pero también ha soltado sendas puntadas del tamaño de: “Diré cosas que son serias y las pondré en una broma para que la gente pueda disfrutarlas. Nos reímos para no llorar”. 

Kanye, celebridad 

Con las millones de copias vendidas, vienen también los millones de dólares y el codearse con los mejores, los peores, los famosos y los que prácticamente se quiera conocer, incluso el presidente.

También el ser un meme recurrente, un hablador profesional, polémico por mero marketing (su naturaleza) y un nuevo jugador en el extraño mundo de las celebridades. Su matrimonio con Kim Kardashian rezumba todo ese halo de american way of life, de entretenimiento que fascina a un sector considerable del mundo, y que en cierto modo sobreexpone su persona. 

Esta idea de Kanye como un ícono pop de su país siempre camina por caminos que invitan a tomar postura: lo amas o lo odias, crees que está desconectado de la realidad o que es un genio de su tiempo. Su estatus de famoso nos lo trae de vuelta a la conversación. Para algunos esto ya tocó al traste y para otros solo funciona como circo mediático.    

En medio hay discos que nos sugieren lo que Kanye piensa de sí mismo: un artista a la altura de Picasso (The Life of Pablo, 2016) o como un catalizador divino (Yeezus, Ye y Jesus is King de 2013, 2018 y 2019 respectivamente).

Taylor Swift, Jay Z, Kanye West en los Grammy 2015. Foto: Kevin Mazur/ WireImage (Getty Images).

Un norteamericano libertario-conservador

Tal como había anunciado en 2015 en la entrega de premios MTV, Kanye West terminó por postularse a la presidencia de los Estados Unidos apenas hace algunas semanas, colmando la paciencia de más de uno, pero tocando los linderos cada vez más recurrentes del espectáculo al interior de la política.  

“Debemos llevar a la práctica la promesa de América confiando en Dios, unificando nuestra visión y construyendo nuestro futuro”, soltó West en Twitter el pasado 4 de julio, apoyado por Elon Musk en ese entonces, y la que potencialmente sería la primera dama. Y claro, los miles de fans del rapero de 43 años. 

Para un hombre que ha dado a conocer su condición clínica (trastorno bipolar) y sus desplantes de megalomanía, el autor de frases como “Visitar mi mente es como visitar la fábrica de Hermès”, parece no tener una oportunidad seria en la política estadounidense, aunque uno a estas alturas, con Trump, a quien primero elogió y luego ya no… uno ha visto cosas del tipo insólito en más de una ocasión. 

Como ciudadano estadounidense y empresario, Kanye West recibió recientemente un apoyo financiero como parte del programa de incentivos para el desarrollo empresarial extraordinario derivado del COVID-19, destinados a su marca de tenis Yeezy. Originalmente, el llamado Programa de Protección de Cheques (PPP) se encuentra diseñado para brindar préstamos condonables a pequeñas empresas afectadas por el coronavirus para cubrir los salarios de los trabajadores y algunos gastos básicos. La noticia tomó por sorpresa y de nuevo levantó controversia, sobre todo si tomamos en cuenta que en marzo de 2020, el mismo artista desmintió el cálculo de su fortuna publicado por la revista Forbes. Asegurando que poseía una suma de más del doble (algo así como 3 mil 300 mdd).

Foto: Donald Trump, Kanye West, AP

El paciente

En 2018, Ye declaró tener trastorno bipolar y estar bajo tratamiento clínico, condición que hace eco con algunas de sus actitudes y desplantes, incluyendo este constante ánimo de poder y megalomanía no satisfecha. 

Jorge Negrete, psicólogo clínico egresado por la Unidad de Las Américas, asegura que el grado de la condición clínica de Kanye West es difícil de averiguar al solo tener los testimonios y ciertas manifestaciones públicas para evaluarlo, sin embargo hay acciones que nos dan información al respecto.

“En el mundo del espectáculo hay tolerancia hasta cierto punto sobre algunos rasgos de la sociopatía. Pero algo que nos ayudaría a encontrar estas sociopatías es la ausencia de su interés activo en otras personas, perjudicando a terceros en la búsqueda de su propio beneficio. Una persona puede ser voluble, tener cambios repentinos de humor y no por eso ser bipolar. Pero sí existen rasgos patológicos, como la megalomanía mostrada en su reciente intento por lanzarse a la presidencia, que a su vez pueden estar asociados a un cuadro mucho más complejo”, afirma el especialista. 

Por otra parte, recientemente Kanye afirmó haber contraído coronavirus, pero que de ninguna manera cree en las vacunas. Una perspectiva si bien común, destacada en un personaje como West, quien comparte esta visión con personalidades como Bob Marley o Fela Kuti, quienes aseguraban que la medicina alópata era un invento del hombre blanco.

“Son muchos nuestros niños los que están siendo vacunados y paralizados. Cuando dicen que vamos a solucionar el COVID-19 con una vacuna, soy extremadamente cauteloso. Esa es la marca de la bestia. Ellos quieren poner chips dentro de nosotros, quieren hacer todo tipo de cosas, para que no podamos cruzar las puertas del cielo”, declaró Kanye West recientemente a la revista Forbes.

Foto: VMAS, 2016. / Chris Pizzello / Associated Press.

Kanye como idea en el arte

West se sabe un ser creativo y sin límites, parece conocer y estar bien asesorado con lo que los colores, los símbolos y las representaciones pueden o no detonar.

En este sentido, el rapero se ve a sí mismo como un Pablo Picasso, como un Duchamp o una Marina Abramovic. Puede ser todo y jugar a nivel museo, galería, post internet o mercado del arte.

Más aún: Kanye se ve como ese recipiente que puede albergar cualquier cosa, deseo o emoción. Es un médium o un canal del genio artístico, ―sobre todo de acuerdo con él mismo―, en donde siempre habrá espacio para la reflexión estética, el pop sin ánimos, el diseño comercial y la provocación artística que nos grita a cada segundo “soy yo de nuevo, Kanye, el grande”.

Esa ambigüedad que juega entre la conciencia mediática, las disociaciones de la personalidad y las posturas discursivas exacerbadas, han jugado también en Kanye como un módulo de la discusión artística contemporánea. Esa forma del artista es también su fondo. Kanye como musa de Kanye, la obra del artista.

Kanye West / September 12, 2014 en Sydney, Australia / Foto: Don Arnold/WireImage.

 

¿Tiene un minuto para hablar de Kanye?

Debido al franco narcisismo de verse a sí mismo como alguien con una misión especial en el mundo —al nivel de Martin Luther King, ha dicho su madre—, con el don de la creación, los negocios y la belleza celestial; los cuestionamientos sobre la verdadera trascendencia musical o cultural de Kanye están en entredicho.

Kanye ha sido leído como un síntoma malsano de la sociedad occidental contemporánea, con todos sus vicios e individualismo: arrogante, grandilocuente, fetichizado, espectacular, excéntrico y siempre polémico.

Más allá de esa megalomanía “tolerada” que puntualizaba más arriba el doctor Jorge Negrete, existe también el eco que tienen sus aparentes “extravagancias” en la sociedad contemporánea. ¿Qué pasa con los que no solo creen que Ye es una de las grandes mentes maestras en la música de los últimos tiempos, sino que también comulgan con su visión de la sociedad, de la política, religión y del mundo?

Al cuestionamiento, el doctor Negrete abunda: “Aquí hay un problema: el mundo del espectáculo y el de la política se han vuelto cada vez más indistinguibles uno del otro (el triunfo de Trump vino a ratificar esta noción). Pero hay un peligro ahí, porque estamos hablando de personas que no tienen una vocación para el servicio público. Y tiene que ver también con un fenómeno que tampoco tiene mucho, que es la política como espectáculo: cómo se ganan las elecciones, quiénes ostentan el poder… esta búsqueda de una posición de poder quizá parte de satisfacer ciertos complejos, de dominar sobre los demás y no realmente de una vocación de administración pública hacia la gente. Y esto se puede convertir en algo muy nocivo para otros”.

Con una isla privada para su hija, un excusado de oro y un Grammy en la categoría de Mejor Álbum de Rap en 2004 por College Drop Out (2004), disco que contenía un rap sobre Jesús (“Jesus Walks”), Kanye continua como idea y síntoma, como aberración y muestra del exceso musical, pero también de esos claroscuros que nos van definiendo, para bien o para mal, como seres humanos