¿Dónde quedó la sonrisa de J Balvin?: Columna Slang

Pocos artistas latinoamericanos han estado en el pico más alto de su esplendor como hoy lo está J Balvin. Pero todo tiene un precio. 
Ricardo Pineda
Foto: J Balvin, Instagram oficial.

El mundo post pandemia acelerará el afán neurótico de las marcas por saturar el presente mediante la erosión del rostro de los personajes de moda como J Balvin. 

Si en el pasado las figuras globales del mercado más intercambiables eran Michael Jackson, Mickey Mouse y Michael Jordan, hoy, ese pináculo lo suelen lustrar a un nivel mucho más agresivo personajes de la talla de Travis Scott, Bad Bunny o Balvin.

Este último quizás es el más cercano, mesurado y procurado con su mensaje; aunque siempre parece que hay algo un tanto gris detrás de toda esa gama de color. 

Todos quieren un pedazo de José Álvaro Osorio Balvín, colombiano de 35 años, adicto a la moda y fan de Nirvana, quien lleva poco más de quince años trabajando cada vez más duro para seguir vigente en la pasarela de las figuras más destacadas de su generación, a punta de un reggaetón que hoy está encumbrado como el nuevo pop.

J Balvin en el Super Bowl, en el clímax del ranking de Billboard, yendo de rumba con Bob Esponja, en tus papitas de McDonald ‘s o vuelto una plasticosa figura de acción y contando, facturando, perreando y cosechando. Bien merecido para uno de los hitmakers más notables del último lustro. Pero, ¿cuál es el precio de todo ese ser “único y grande” en el mundo? 

Ni un verano sin un hit de J Balvin

Desde el 2015 no ha habido un solo verano sin un hit de J Balvin en la radio o en las listas de popularidad.

Y es que Jose posee la impronta de las figuras pop de la actualidad: la imagen y soporte de su credibilidad como artífice de su tiempo; una época en donde los ideales y el dinero ya no pelean con la narrativa que se desee implantar, sin importar que el cantante sea extrovertido o reservado; que tenga crisis nerviosas o se pronuncie contra las etiquetas o la narcocultura. 

El originario de Medellín se afinca en una holgura de circunstancias propicias para su desarrollo creativo; tiene fama de sencillo y de ser cercano con la gente, de tipo procurado y sensible.

Balvin sigue presente en la medida de lo posible, construyendo un personaje al que le viene bien esta proyección. Pero también, ratificando la intención plena de mantener los pies sobre la tierra, algo que conforme la exposición crece, parece más difícil de mantener. 

Estamos hablando de un personaje que ha amasado una fortuna con talento. De acuerdo con Celebrity Net Worth, la fortuna de J Balvin supera los 16 millones de dólares.

Los conciertos, las sesiones de fotos, los contratos y los compromisos, parecen hacerles la vida más fragmentada a los artistas que empiezan a consolidarse. Procurar la privacidad es una obligación y en contraparte, la tertulia sobre la imagen va lacerando los ridículos y excesos: chismes, textos clickbait, odas a los gustos y preferencias. 

Hemos visto, la lucha para que la música no vaya perdiendo peso; para que el significado de la vida se sostenga y las sonrisas no sean tristezas o angustia. ¿Y la salud mental? 

Recientemente y diametralmente opuesto a la proporción de la cosecha de sus éxitos, J Balvin comienza a verse cansado en las fotos; sus trajes amarillos contrastan con un ser humano cansado de posar, de aparecer. 

Foto: J Balvin, Instagram oficial.

El asunto, como era de esperarse, lleva ya un tiempo de ser un tema público y tampoco no es nuevo para ninguno. En 2015, Balvin tuvo uno de sus primeros síntomas de fatiga crónica, al sentir el peso de la intensidad laboral y la sobreexposición mediática que, en sus propias palabras, casi lo mata. 

Incluso su padre, Álvaro Balvin, ha revelado ciertos episodios previos a la depresión que ha azotado al cantante: “Tuvo una novia y la mamá de ella lo llevó a un médico energético”.

“Estaba muy cansado de muchos shows, de cinco, diez, quince, veinte por semana, y ese médico cometió un error inmenso, le aplicó una inyección que se tendría que haber aplicado en tres horas, se la aplicó en un minuto y eso reseteó su cerebro, lo descompuso, lo descompensó y lo enloqueció”, confesó en un programa de TV. 

¿Qué sucedió con J Balvin?

Pánico escénico, llanto, crisis y medicamentos han sido el cuadro de un cantante que se ha reconocido ya con un padecimiento de salud derivado del ritmo de vida que ha alcanzado.

“Hay que tener cuidado con lo que le pides al universo, le puedes pedir éxito y… Tuve una depresión que casi me mata por no poner límites ni equilibrio y pagué las consecuencias”, expresó el artista colombiano apenas en 2019.

Creatividades y oportunismos editoriales aparte, Balvin despertó el malestar en la moral de algunos al decir en una entrevista para niños que todos nos íbamos a morir algún día. En dicha ocasión, se notaba sensiblemente incómodo con el formato pero siempre participando de él, como ha sido casi siempre su reconocimiento: un tipo dispuesto, afable, participativo. 

Desde que el protagonista de Energía (quizás su obra cumbre y en definitiva uno de los discos más importantes en los últimos cinco años), decidió abrirse en cuanto al tema en pos de “humanizarse”, la batalla contra la insatisfacción parece una bomba de tiempo.

Cuidado con lo que pides

J Balvin parece combatir toda esa sintomatología, en donde el tiempo y la sobreexposición parecen ser un “toma todo mientras la fama dure” para después poder vivir tranquilo la edad madura en forma plena.

Sin embargo, la misma historia de Kurt Cobain, Whitney Houston, Robin Williams, Dolores O’ Riordan e incluso personajes a un nivel mucho menor como Eliott Smith nos hablan de que la dimensión de la fama no espera al tiempo para causar estragos. 

De acuerdo con diversas visiones de la psicoterapia, ser artista es estar en estímulo constante con la sensibilidad y ante ese ecosistema creativo también suele anteponerse una rutina diaria en constante estado de estrés, intensidad y excepción.

Sin embargo, es importante enfatizar también que no es la fama, la causante de un padecimiento de insatisfacción o depresión, sino la sensibilidad ante esos picos altos y una serie de factores biológicos, químicos y físicos también.

Esa inestabilidad que va estimulando un carácter que tiene que moldearse y ajustarse a las circunstancia de forma vertiginosa y la frustración que esto implica, la fatiga, la pérdida de apetito o interés por cuestiones básicas; todo eso se va sumando. 

Foto: J Balvin, Instagram oficial.

J Balvin diciendo cualquier cosa sin sentido sobre la Big Mac (“es una locura”); confesando “perdí la esperanza” cuando contrajo COVID-19; zanjando el tema de la depresión y asegurando a la prensa haberlo superado a inicios de año; Balvin confesando recientemente que está padeciendo episodios de ansiedad y depresión. Algo pasa. 

Una década después de que el colombiano comenzara su propia leyenda —poniendo a Latinoamérica en boca de todos durante el último lustro—, la factura toca a la puerta y habrá que configurar todo para poder continuar en ese carril difícil de quitarse.

¿Quién tiene la sonrisa de J Balvin?, ¿sus cuentas pendientes?, ¿un tope de cifras en views?, ¿quizás un disco verdaderamente ambicioso?, ¿una música arriesgada?

Jim Carrey, Britney Spears, la misma Billie Eilish, el tema parece obvio y recurrente: la fama y la fortuna pueden hacer que esto se perciba como un “mal menor” o manejable, en el que el médico de cabecera y la prescripción adecuada lo pueden combatir; pero detrás de ese músculo, ¿hasta cuándo y a qué costo?

Entre desatinos que sugieren que todo forma parte misma de la “construcción de un personaje” y signos claros de la sintomatología del ecosistema del entretenimiento sobre la salud de las personas, el tiempo de J Balvin continúa siendo este, aquí y ahora. 

Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.