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El R&B latino y la revancha del alma

Porque debíamos enamorarnos del género tarde o temprano.
SlangFm

Resulta un tanto atípico, por no decir completamente extraño, que la revolución del Rhythm and Blues (R&B) se haya consolidado con fuerza entre los artistas hispanoparlantes alternativos hasta hace cosa de un par de años. Antes de confirmar este punto, un poco de historia.

El R&B tiene su génesis justo en el blues, el jazz y la luminosidad rítmica del gospel, allá lejos en los Estados Unidos de los albores de la década de los cincuenta. Una música primordialmente extraída del pueblo afrodescendiente, que ha tenido la clara consciencia de que el baile, el goce y el canto provenientes de una sonrisa profunda ―nacida de las entrañas del alma―, también ha sido una manera de resistir a la opresión, de revelarse a las cadenas y sobre todo un vehículo a través del cual los corazones pueden expresarse de forma completamente franca. El R&B muchas veces es esparcir una buena dosis azucarada de ternura sobre la llama incandescente de la tristeza para amainar el dolor.

No es de extrañar entonces que las relaciones de la tradición estadounidense jueguen siempre en esa línea, en donde las diferencias entre el rock, el soul y el rap parecen difusas. Es así como en el pasado, el R&B sonaba a algo como esto:

Sin embargo, con el paso de los años, el género ―que por cierto fue una etiqueta que el periodista Jerry Wexler de la revista Billboard introdujo en el mercado a finales de la década de los cuarenta para referirse a los discos de raza negra― se vio nutrido del rockabilly y el country, para acabar en un ritmo que fue la génesis del rock, y que encontraría un equilibrio más comercial y completamente amoldable con un público más amplio, en donde las melodías pegadizas, edulcoradas y acompasadas serían los grandes protagonistas de una industria creciente. Así también, casi sin quererlo, el pop más mainstream había nacido.

En tu rostro veo el mar… aunque nunca lo haya visto

En realidad, hablar del R&B es recorrer también la historia de la música popular en su sentido más amplio. Un género que nunca ha desaparecido del todo, pero que de alguna manera es esa ola de mar que va y vuelve de vez en vez, a veces con mayor intensidad, dejando su brizna espumosa sobre geografías impensables.

El boom del R&B de los ochenta (pensemos en Sade, Prince, el primer Michael Jackson y sobre todo Whitney Houston) trajo consigo la globalización del género y con ello la llegada de sus artistas a América Latina. Para inicios de los noventa, ahí donde los Boyz II Men, Mariah Carey o Soul For Real comandaron la carretera, la región ya tenía a sus primeros y tímidos exponentes, aunque estos siempre buscaron cobijarse bajo una etiqueta que no fuera la de un R&B con todas las de la ley. Así, podríamos decir que la primer figura importante del R&B mexicano fue, es, y ha sido el sol más querido de México. Sí… él.

Luis Miguel comprendió a tiempo ese vínculo que había entre el bolero, un género enraizado en el romance italiano que impregnó toda América Latina, y las canciones profundas y cada vez más sofisticadas del R&B norteamericano. Mientras tanto, en la frontera norte, el primer eslabón importante del género entre Estados Unidos y la comunidad hispa comenzaba su carrera:

Fue el flow de la cultura negra, su constante relación con el fraseo del jazz y el funk, y la explosión del rap los que hicieron que Estados Unidos, uno de los países con mayor población latina en el mundo, comenzara a dar forma al R&B como lo conocemos hoy, más cercano al bling bling y a la destreza vocal de corte agudo y sensual, que a la espiritualidad y negritud proclamada del gospel.

El registro de silbido, o voz tiple, es el registro vocal más alto de la voz humana, producción fisiológica que poseen sólo algunos pocos. En el R&B esta cualidad la tiene Mariah Carey y Ariana Grande.

¿Y lo’ latino pa’ cuándo?

Algo ocurría que pese a que la tradición del R&B estaba bien impregnada en los barrios más duros de América Latina, el género parecía privativo del mainstream norteamericano; un fenómeno solo para apreciarse de sur a norte y de abajo hacia arriba. Tal vez por sus demandas vocales, sus ínfulas mediáticas o también porque el mundo alternativo se encontraba todavía con la mirada fija en un rock simplón de finales de los noventa. Pero eso estaba por cambiar.

Gracias a la democratización de los recursos para producir, grabar y distribuir música (te amaremos por siempre internet), y la constante decadencia del rock más obvio, países como Puerto Rico, Argentina, Guatemala o Colombia han podido confeccionar desde la cultura urbana subterránea un R&B de calidad, con identidad y muchísima potencia, sobre todo durante los últimos siete u ocho años. Así, se ha podido echar a andar un revolucionario engranaje, fresco y delicioso, que parece imparable, acompañados a veces de un pop desacomplejado (como en la escuela de los noventa), o de un trap o reggaetón bien duros.

En México, el sello más avanzado de su clase tiene un nombre claro: Finesse Records, quienes le han dado salida a genios del R&B latinoamericano como Jesse Baez, Girl Ultra, Naked Geometry o BCOTB, e incluso su jugada más reciente: Aquihayaquihay, una boy band alternativa de corte R&B. Genios.

Pero la lista no comienza ni termina ahí. El boom se ha expandido por España y la comunidad hispanohablante del mundo entero, enriqueciendo al R&B; un género que si bien nació en las raíces del alma del pueblo afroamericano, ha sido también un canal por el que corre la sangre caliente de América Latina o de cualquier corazón que desee hacer contacto con el otro, ya sea con humor, estética indie o un sentido de pertenencia más cercano. Si no nos creen, pregúntenle a Elsa y Elmar, Balún, Omar Apolo o Tuzaint.

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