La música en 2020: El año en el que Latinoamérica dominó a la industria

No es una moda, es una victoria. América Latina marca la vanguardia en la música en 2020. Lejos de ser tendencia esto es historia.
Ricardo Pineda
Fotos: J Balvin, Universal Music; Karol G y Bad Bunny, Rimas Ent.; Anuel AA, Instagram oficial.

Este 2020, Latinoamérica y el idioma español volvieron a triunfar en la industria de la música. No fue la pandemia, ni un síntoma paralelo de la aparente decadencia del mundo anglosajón del entretenimiento. 

Ese periplo cultural que lleva décadas sucediendo hoy rinde frutos. Que sí Miami, la migración, el internet y la pluriculturalidad global en el entorno capital… sí, pero es algo más que eso. Siempre es algo más. 

Llevamos tiempo sabiéndolo: Vivimos los días de gloria de los J Balvin, los Bad Bunny, las Nathy Peluso, las Becky G y los Nicky Jam. Rosalía, The Weeknd, Justin Bieber, Drake y hasta Snoop Dogg han querido untarse un poco de esa pomada de calidez, calentura y sabor. El cliché de la región es una bomba en el mundo entero, única e innegable. Pero se trata de algo más que eso. 

Foto: Roger Kisby/Getty Images.

La música latina en 2020

El fenómeno que hoy se explica con cifras, gráficas y un respaldo desde ambos flancos —el del underground y el del mainstream—, pareciera que es a pesar, esa loza geopolítica y social con la que carga la región desde hace tiempo (sí coño, la del tercer mundo, la de los desfavorecidos). Pero al contrario, esa es su fuerza, su norte y su signo más evidente. América Latina no son sus gobiernos es su gente, su música y su jovialidad. 

Occidente ha pasado más de una década intentando asir el reggaetón para justificarlo, intelectualizarlo, validarlo, criticarlo o mezclarlo de vuelta con el trap, el rock o sus folclores locales. O peor: ponderarlo por debajo del rap o las raíces de donde maman. Decir que si las letras esto, que “nadie está cantando”, que la simplificación. Pero vamos de nuevo: hay algo más que eso y hace años que esa batalla está ganada. 

Foto: Manny Hernandez/Getty Images.

Bad Bunny, puertorriqueño, es el cantante más escuchado en el planeta este año. Así. De acuerdo con el reporte anual de Spotify (que no es el centro del universo pero sí un termómetro importante), YHLQMDLG fue el disco más reproducido del mundo con más de 3,300 millones de reproducciones, seguido de After Hours de The Weeknd y Hollywood’s Bleeding de Post Malone. 

Y mientras J Balvin mantiene su título como el cantante colombiano más grande de su generación, una pléyade de rostros, canciones y colaboraciones mantienen el lazo y el mensaje, que es el medio y la fuente de éxitos, la nueva caja grande de la industria musical del presente:Anuel AA, Karol G, Ozuna, Maluma, Jhay Cortez y más. Ahí se inscribe el pop de hoy hasta el infinito. 

Foto: De izquierda a derecha: J Balvin, Ozuna, Daddy Yankee y Anuel AA. Ethan Miller/Getty Images.

Algo hay de refrescante en el hecho de que las guitarras hayan descansado el pedestal de lo multitudinario, que U2 o Coldplay ya no estén ahí y es que, “qué importa si te gusta Green Day”, diría Residente.

Habrá quien prefiera lo uno y lo otro, pero el fenómeno también es un todo mucho más complejo y extenso que sólo decir “mainstream es malo y subterráneo es bueno”. La música y el mundo han evolucionado y América Latina hoy está más confiada de sí misma, de sus artistas.

Cierto, también está ya muy metido en un juego de industria, de simplezas y de dinámicas de mercado. Pero la brecha que han trabajado de una u otra la comunidad latinoamericana de de Nueva York, Miami, Chicago, o perteneciente a toda la franja fronteriza de siempre ha hecho que si Shakira en el Super Bowl, que Jennifer Lopez o Marc Anthony en el mundo, que Juanes o Diego Torres en MTV. Pero es eso y mucho más. 

Dicen por ahí que América Latina es de pico y pala, que suda, que sufre y que no conoce otra forma de concebir el mundo que no sea hipercondimentado, con goce y con dolor. El drama. Y sí, tal vez sea cierto. Puerto Rico lleva tiempo viviendo el yugo, si no es un huracán es una clase política que la azota, la misma que pone a la gente hasta el límite de su paciencia.

Colombia se incendia, Chile se organiza, las mujeres de México gritan fuerte. Eso también es el hito latinoamericano, ese es nuestro momentum también, no sólo el de los premios, los panfletos y las listas de streaming. El de los colores, el perreíto y los chistes sexistas. 

Hay sal, hay tierra, hay sangre, para bien y para mal. Tal vez más para mal, pero habrá que festejar hoy, porque las victorias que parecen pírricas son el soundtrack de un pueblo acostumbrado a trabajar para el que hoy está debajo del escenario. Lo más alucinante de toda esta fiesta es que suena a tradición, a pollo con arroz, ají, asado, habichuelas y rock, a balada pop, a rima y a trap, a la chica de ipanema, y los guiños a esa música con la que crecimos sí unen y cohesionan, a través del lenguaje del conquistador, simplificado y complejo de aroma salino, puerto y montaña. Tierra y sangre. 

En algún punto álgido del pop anglosajón, ese mismo que ha creado los cánones, los modelos a seguir y las dinámicas del mercado cultural, África estuvo de moda bajo ese halo de “fusión” y “world music”, términos que de una u otra manera pasaron a desdibujarse. Pero ese es un lado de una moneda que parece traficar con lo que quiera pasar por ahí bajo el atractivo del brillo. Resulta interesante pensar que alguien como Bad Bunny llegó ahí para cambiar la cara de esa moneda y dejó entrar a todos sus amigos, los viejos y los nuevos. 

Este 2020, uno de los más difíciles en el mundo, la música de todos fue también la nuestra. Y eso es un regalo, un pilar y un abrazo que nos ayuda a continuar.

Una columna semanal de Ricardo Pineda (@pinedayaguilar)