La música es de todxs: De la apropiación y la diversidad cultural

La música nos une y nos da identidad, pero también parece estar atrapada en ánimos mercantiles, políticos e ideológicos ¿Cómo salir de ahí?
Ricardo Pineda
Fotos: Drake, Nathy Peluso, Rosalía, Instagram oficiales.

En otros tiempos, ahí donde las frases románticas y aburguesadas de Europa tenían un sentido casi inequívoco, la máxima Picasso de que “los buenos artistas copian, pero los grandes artistas roban”, se ha ido colando de a poco en el imaginario colectivo hasta permear el mundo contemporáneo. Muchas veces en formas problemáticas, jabonosas, o francamente imprudentes.

Hace apenas unos cuantos días, C. Tangana sacó a la luz el disco que lo ha catapultado de una vez por todas como un artista completo; que lo ha puesto a la altura de nuestros tiempos. El Madrileño es, más que un compendio de catorce cortes casi impecables y vibrantes, un crisol delirante y adictivo de ritmos, estilos y variantes musicales, que en su corazón más transparente nos revela a un artista ambicioso, observador y capaz de montar una canción en casi cualquier color sonoro para sacarle brillo.

Foto: C. Tangana, Instagram oficial.

Es fascinante dar cuenta cómo “Pucho” ha logrado descansar la rima traposa y el reggaetón derivativo, para solidificar esa búsqueda que lo ha llevado por el rock, el bolero, el baile funk, el flamenco, la copla, el bossa nova y mucho más, incorporando incluso un corridito tumbado o devaneos cubanos.

La fascinación por El Madrileño ha sido prácticamente unánime por adeptos, extraños y detractores por igual. Aunque es probable, y muy sano, que a muchas otras personas el disco no sólo no les hable sino que también les incomode y/o enfurezca. Por un lado está la ausencia de mujeres en las colaboraciones. Y también están quienes aún piensan que este es un tiempo adecuado para los puristas.

Históricamente, la música ha estado impregnada de actitudes, argumentos y no pocas acaloradas discusiones que, o bien defienden las identidades y particularidades que dan expresión sonora a los pueblos, o sólo señalan que un artista, quien sea, no se debe valer de fuentes “ajenas” a su propia dinámica sociocultural para construir una voz propia.

No obstante, desde que el mundo es mundo, esto ha sido imposible. Y lo ha sido a mansalva. Con cruzadas y tráfico de pueblos enteros a la fuerza; aunque también mediante diálogos y búsquedas sumamente interesantes.

No nos referimos sólo al plagio y al robo. A “tomar prestado” de forma “bien intencionada” o a mezclar e incorporar para ver qué sale en la licuadora de estilos. Hablamos también de aquellos que han renovado su propia identidad con resultados inconsistentes. De artistas, que han hablado mejor de una identidad que les es ajena y de un interminable diálogo humano de siglos enteros.

¿De quién es la música en verdad? ¿habrá un canon o una tabla de valores que nos diga en términos musicales algo así como “zapatero a tu zapato”? ¿o sencillamente deberíamos dejarnos llevar con la salsa alemana, el flamenco japonés y el reggaetón canadiense?

Dudo mucho que haya una respuesta concreta y satisfactoria, en tanto la complejidad humana no sólo es abyecta, alevosa y contradictoria, sino también lo suficientemente amplia como para pensar que las cosas deben ser de una sola manera, o que si no son de tal o cual forma están mal.

Pero tampoco es tan laxo y amplio como decía René de Calle 13: “se vale to’ en este sándwich de salchicha”. Pensemos un poco en la eterna debacle y problematización que ha traído a cuenta el término apropiación cultural, su evolución y connotación negativa, en donde artistas como Rosalía o recientemente Nathy Peluso han sido objeto de diatribas y cuestionamientos.

En el caso de Rosalía con el flamenco —una tradición prominentemente sureña en España—, no es nuevo. «Gachís» es la palabra con el que se les conoce a las «mujeres no gitanas» y, el flamenco, siendo una cultura tan local, identitaria y hasta cierto punto hermética, no ha impedido que músicos de la talla de Rosalía, Niño de Elche, o los mismísimos Pxxr Gvng, lleven esa pasión cultural a otras latitudes de forma fascinante.

Foto: Rosalía fue en algún momento acusada de “apropiación cultural”. Instagram oficial.

Habrá quien sepa ver la riqueza o evolución del flamenco con estos ejemplos. Pero también, hay quienes saben el corazón más profundo de su música como invadido y capitalizado por alguien ajeno. La misma incomodidad surge al ver a Peluso meterse con la salsa. Una vara muy desigual, que ha dejado pasar sin problemas la cultura española y anglosajona, toda en América Latina, para que más de un artista haga revalorizaciones autóctonas fascinantes desde ahí.

Habrá que recordar que el rock, el rap y el jazz en sus inicios, no tenían nada de latinoamericanos. Amén que costó décadas enteras ganarse adeptos fuera de la localidad y que incluso hoy, resultan una cosa deslucida y exotizante para muchos.

¿Qué nos dicen del rap en lenguas indígenas?, ¿de “Lambada” como un invento completamente francés o del R&B como un género medio inventado que hoy nos regala canciones y artistas impresionantes? La música es un elemento vivo y como signo expresivo de las personas siempre está en movimiento, diálogo, prueba y error, abriendo brecha y nuevos horizontes.

El contexto importa en esto de la «apropiación cultural»

La incomodidad y el jaloneo sirven también a este diálogo, pero sobre todo a que el discurso de la diversidad no sea una moneda de cambio ciega y amorfa. Quizás es ahí donde la creatividad y el ingenio de esa “apropiación cultural” —así, con comillas—, y dándole oportunidad a que la apropiación pueda ser una vía y no un fin en sí, nos proyecte la valía de los artistas y sus músicas más allá del acaparamiento estilístico.

Mano Negra parece tener mucho que decir en este orden de ideas, aunque nunca ha estado exento de críticas, esas que no se han movido de sitio, tildándolo de ser un francés intruso con el folclor de… ¡todo el mundo! Y, para bien y mal, la mesa está servida siempre para que NAAFI facture un techno con ínfulas prehispánicas; el IMS edulcorice la cumbia, o Thalía rime a mil por hora sobre un vértigo electrónico en “Arrasando”. Nada se los impide.

Sin embargo, el contexto no sólo importa, también impone. Ahí donde Damon Albarn pareciera un “blanco europeo” fascinado con África, también habita una búsqueda humana, interesante y rica que va abriendo brecha para que el otro, los demás (nosotros) podamos vernos al espejo y encontrar esas diferencias y similitudes que nos vuelven más cercanos.

La vanguardia brasileña de la década de los veinte lo tenía muy claro, a través del manifiesto Antropófago, que planteaba una suerte de “canibalismo cultural” como oposición a las posturas colonizantes de Europa, mismas que habían dado pauta a la ponderación occidental. La antropofagia proponía nutrirse de todo lo que sucedía alrededor, enriquecerse del otro, no sin una consciencia siempre ética al respecto: “El pensamiento y el arte deben acercarse a la experiencia propia, la experiencia de la mezcla”.

Aquí habría que ser muy claros con eso. Regresando a C. Tangana y su disco reciente, una de las cosas que asegura el artista español es que la búsqueda e incorporación de estilos para su disco devino de viajes e intercambios personales, en donde el respeto para con cada música fue indispensable para poder entrar él como “ente ajeno” y no sólo apropiarse de esas músicas.

Eso se percibe en la mayoría de los tracks, en donde “Pucho” saca brillo, imprime emocionalidad, y deja que la música fluya como debe ser. Ahí hay una diferencia enorme con aquellas cosas que bien pueden parecer latinas y que no lo son.

Habrá que recordar que, de frente a una imposición idiomática, ideológica y espiritual como lo fue la española en América Latina, se fueron interponiendo nuevos vocablos y, por consecuencia, nuevas formas de percibir el mundo, uno por cierto bien controversial, errático y violento.

Para bien y para mal, la imitación y la impostura también son parte de la búsqueda, la inconsciencia y el plagio, también. El sampleo y la cultura hip hop tal vez no tendría la personalidad y arrastre mundial de no haber sido por esto. En un inicio, la transgresión y la marginalidad edificaron su propio espacio de resonancia y tolerancia para que lo suyo fuera algo más diverso y trascendente.

Es completamente comprensible el descolocamiento al ver que algún artista (el que sea), plantee de forma más bien torpe la incorporación de un estilo que tras de sí tiene una historia sociohistórica compleja, muchas veces dura y atravesada ideológicamente. Aunque, resulta pertinente parafrasear al poeta “nuyorican”, Miguel Piñero, frente a sus contemporáneos boricuas: “tal vez es algo que deberíamos preguntarle más a la playera Gucci que portamos (o a nuestros tenis Nike), que a mi poesía”.

El tiempo y el contexto han puesto a algunos artistas en su sitio y dejado pasar a otros sin mayor problema, asimilando la mezcla, la apropiación cultural y la diversidad con sentido y dirección en nuestro ecosistema musical. Uno, al que le cuesta cada vez más sostener cosas como pureza, identidad, originalidad y honestidad, en tanto el mercado marca el ritmo al que deben ser tocadas las canciones de los streamings mundiales.

En toda esta discusión, la amplitud y la complejidad humana aún tienen la última palabra, y el criterio, así como la emocionalidad en la música, tienen un eco que trasciende el tiempo, la moda y las carnadas que pescan a la primera. Al final del túnel, la música sigue siendo nuestra y, al mismo tiempo, nunca nos ha pertenecido. Habrá que dejarla respirar para que entre.

Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.