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Sexo, perreo y reggaetón: ¡Dale sucio y hasta abajo!

Este repaso hacia las raíces del perreo tal vez le ayude a tu tío que todavía no entiende por qué el reggaetón tiene qué ver con sexo.
Ricardo Pineda
Foto: Bad Bunny, Instagram oficial.
Una columna semanal por Ricardo Pineda / @PinedayAguilar.

No han sido pocas las veces en las que los colombianos han dicho que los mexicanos no sabemos perrear con suficiente calor. Tampoco en las que los puertorriqueños ven una candela a medias frente a sus contemporáneos argentinos, o incluso, en las que el pudor en el meneo del culo de los chilenos es evidente.

Esos clichés se basan en verdades a medias, como ese que versa que toda América Latina es más caliente, abiertamente sexual y poderosamente libre de su erotismo a través del baile. Todo esto es cuestionable y nos revela también a una sociedad sumamente oprimida. En ocasiones eso también es falso y algo muy parecido le ha sucedido al reggaetón desde su nacimiento. 

Habría que decir que eso le pasó también a la lambada, al tango, al rock and roll, pero tanto las diatribas como las entregas apasionadas se encuentran llenas de infantilismo; de atavíos morales disfrazados de argumentos civilizatorios, o simplemente de franca ignorancia.

Foto: Roger Kisby/Getty Images.

Por el contrario, los argumentos aterrizados suelen saber que lo más interesante del mundo está lleno de matices. Así, un primer tiro de piedra puede ponernos en evidencia que no todo el reggaetón es misógino, inmoral o vulgar desde su naturaleza sexual más arraigada, aunque sí buena parte de él.

Antes de afirmar que lo mencionado atiende a una cosa totalmente “buena” o “perjudicial” en términos llanos (algo que pudiera ser ocioso hasta cierto punto), cabría detenerse y mirar hacia esa calentura natural que abunda en el perreo, el reggaetón y su ecosistema lírico.  

Si partiéramos del supuesto deseable de que la guerra por la valía del reggaetón —pese a su corpus de incorrección política y sexual como argumentos de descalificación—, está ganada hace ya más de una década, (como bien apuntó Joan Escutia de Tacón de Oro), podríamos enfrentar de forma responsable y madura el disfrute del perreo y comprenderlo desde una fenomenología mucho más amplia, compleja y en la cual se encuentran contenidos una serie de elementos que son también parte de un devenir nato, que ha evolucionado hacia un quehacer mucho más diverso, en donde el ingenio y la picardía han evolucionado a un signo mucho más robusto. 

Hoy, el perreo y el sentir explícito del sexo en el reggaetón han hecho ver anticuados los movimientos pélvicos de Elvis Presley en televisión; la sugerencia copular del Caribe, o el inocente beso pop entre Britney Spears y Madonna, mostrando la exuberancia corporal, la transgresión erótica y el placer sexual como una pugna a librarse que también ha sido política y social: El cuerpo como un terreno en donde las leyes y las ataduras sociales no pueden triunfar.  

Foto: Getty Images, Jeff Kravitz/FilmMagic.

Habría que echar un vistazo también a un sinfín de ideas que han pesado históricamente para que ese argumento descalificador sobre lo explícitamente sexual aún se exacerbe de forma reiterada. Y buena parte de las respuestas a todas estas incógnitas las ha tenido la antropología social, que apunta a las ciudades como sólidas edificadoras de sociedades profundamente conservadoras, de cuerpos binarios y profundamente heteronormados.

En sus Estudios sobre sexualidades en América Latina, las investigadoras Kathya Araujo y Mercedes Prieto apuntan justamente que las “otras” sexualidades, esas que escapan de las grandes ciudades, la institucionalización y los estereotipos normativos, “se han mantenido como un tema marginal o de segundo orden. Una preocupación menor comparada con otros temas como la las modalidades de la gobernabilidad”.

Le gusta a lo kinky nasty y aunque sea fancy

Se pone cranky si lo hago romantic,

Le gusta el sexo en exceso

Y en el proceso me pide un beso…” 

“Candy”, Plan B, 2014

Foto: Facebook Perreo Millennial.

Sexo, perreo, doble moral y América Latina 

América Latina carga con una historia de conquista que ha construido un imperio entero sobre la doble moral judeocristiana y la aparente ignorancia de las provincias. Si bien la geografía, el clima y la vida silvestre han estimulado una sexualidad milenaria distintiva en la región, ésta ha sido vista y reprobada, tildada de torpe en el mejor de los casos, ante los ojos de la iglesia y las normas civilizadoras de occidente: zoofilia, educación sexual desde el dolor o los fines meramente rituales o de procreación, así como otras vertientes que hoy son censurables, han sido parte inherente de la historia sexual de Latinoamérica y las letras en el reggaetón también son reflejo inherente de todo ello. No se juzga, sólo se pasa la calca de lo que se es, ése ha sido el signo de las culturas musicales más transgresoras. 

A esto no habría que dejar de lado el ecosistema capitalista que sin moral ni ética todo lo absorbe para regurgitarlo como un ícono de consumo ciego inalcanzable, deseable e inapelable: debes tener este cuerpo, con esta seguridad y arrojo sexual ante los demás.

Pero el perreo subterráneo mantiene dura esa sexualidad que se vive desde la complejidad, para bien y para mal, dejando a flor de piel lo real: el sexo también es divertido, complicado, entre cuerpos amorfos, apenados, fluidos y aromas, es también salvaje, torpe, incorrecto, oscuro, es un tema de poder y también de afecto entre ternuras y soledades que se encuentran. 

En OASIS (2019), Bad Bunny canta las partes soeces en términos de sexo (no J Balvin) y hay una doble moneda ahí que habría que calar con detenimiento. Quizás los personajes delineados por el mainstream ya están bastante definidos. 

«El culo grande y el traje chiquito

Ese queso yo te lo derrito

Shh, yo me quedo callaíto

(Dale papi, que yo no me quito), ey

Ni yo sin mover el burrito

Ten cuida’o que hay mucho morrito

Me lo pide sin gorrito

(Dale papi, que yo no me quito)»

(“Cuidado por ahí”, Bad Bunny y J Balvin, OASIS, 2019)

Volviendo al terreno de lo histórico y lo sexual como ese devenir liberador, y para quienes aún el argumento de que el reggaetón ha liberado no es aceptado, habría que conferenciar el trabajo arriba citado por Araujo, quien reflexiona al respecto: “es indispensable considerar el inusitado atractivo por las sexualidades como efecto de su relevancia en el marco de los procesos de transformación sociocultural a los que asistimos. Es pertinente señalar el debilitamiento de las instituciones en las funciones de orientación y sostén social, lo que abre el espacio para la pregunta sobre las formas contemporáneas de regulación y normativización de las sexualidades. Asimismo, pensando desde lo público, la sexualidad se tornó especialmente atractiva dada la recomposición e incorporación de nuevos ámbitos de la experiencia como temas de discusión o incitación”.

El reggaetón de hoy y su prominencia desde el cuerpo ha sido evolucionado y revolucionado, aunque sí aún en una medida menor (pero eso está cambiando), por feministas y otroras consideradas minorías sexuales, entre otros grupos diversos. Esto también es inevitablemente de una época en donde la importancia del individuo y los nuevos materiales para diferenciarnos revela también a la sexualidad como un terreno fértil de exploración. 

Sexo, perreo y reggaetón y su relación con el poder

En la sociedad contemporánea hay ansiedades, drogas y un hambre constante de estímulos para saciar la neurosis. Hay algo en la sugerencia sexual reiterada explícita en el reggaetón que no siempre se dice. Se hace apología y se libera de forma más o menos plena, pero también es el resultado y la ruptura de décadas e intentos por domar los cuerpos como entes sociales.

Por otro lado también son resultado de esa atadura y prohibición. En los días tempranos del pre-reggaetón, El General dejaba a flote un deseo sexual hasta cierto punto goloso e inocentón contrapuesto a una homofobia recalcitrante: «Este gaño quiere a Estela, quiero a Emilie también a Palema. Pero no quiero ningún chico mariposa, son muy raros si vienen con su cosa»,(Muévelo, El General, 1991).

Para la investigadora Catherine Mac Kinnon, la sexualidad es mera expresión del poder masculino y es vista como un instrumento fundamental del proceso de subordinación: “Una teoría de la sexualidad se hace metodológicamente feminista (…) en la medida en que trata la sexualidad como interpretación social del poder masculino: definida por los hombres, forzada sobre las mujeres y constituyente del significado del género. Tal enfoque centra el feminismo en la perspectiva de la subordinación de las mujeres a los hombres al identificar el sexo –esto es la sexualidad de dominio y de la sumisión– como algo crucial, fundamental, en cierto sentido definitivo, en ese proceso”.

Habrá que estar muy atentos a cómo se irán incorporando estas visiones, perspectivas y luchas al interior de uno de los géneros que hoy abundan en el mundo de la música popular. 

En su ensayo Corporalidad, Sexualidad y Erotismo en la Visión de Ciudad de la Nueva Geografía Cultural, el profesor brasileño Martin Torres Rodriguez apunta que la ciudad moderna se ha conformado bajo cánones y parámetros que están cargados de simbolismos, estos sin duda marcan las conductas y delimitan fronteras (posibles e imposibles) para los seres que la habitan.

Estos simbolismos están impresos en la cultura, en las formas de ser expresadas las conductas cotidianas y colectivas de una determinada masa, los factores culturales, sus costumbres y formas folclóricas están siempre presentes en las cotidianidades conscientes e inconscientes de los individuos.

El sexo de hoy, ese que abunda dentro del perreo y también fuera de él, en la alcoba de los recatados, es parte también de un signo cada vez más intrincado, en donde los pensamientos suelen estar permeados por modos impuestos de pensar, como apuntara alguna vez el filósofo francés Michel Foucault.

«Que lo tengo grande, y que bien rico chicho

Y dale métele, sólo por capricho sométele, motívate

Agárralo con tu mano y verás que es algo sano

Dale pa’ alante y pa’ tras y súbete en el palo

Ven lúcete, no me hagas perder el tiempo

Dale ven que me siento contento, este bicho parece cemento…»

(La Ocasión, De La Ghetto, Arcangel, Ozuna, Anuel AA, Dj Luian, Mambo Kingz, 2016). 

El futuro del perreo 

Los próximos años serán cruciales para poder tener una imagen más a detalle sobre la responsabilidad sexual del reggaetón, en donde la apología al malianteo, la vida callejera y el sexo a la contra de la diversidad tendrá que verse al espejo a sí mismo.

Si partiéramos de un supuesto ideal en donde el rock ya no se hace de la vista gorda sobre sus aires de falo erguido todopoderoso, y el reggaetón reconoce y evoluciona su cansino mete-saca heterosexual hacia un signo mucho más complejo, consciente y subversivo; tal vez podríamos adentrarnos en un nuevo umbral, en donde el perreo sucio pueda ser parte de un ente transformador mucho más ávido. 

Foto: Bad Bunny, Instagram oficial.

Así, y como le pasó al rock en su momento, que fue la liberación moderna del cuerpo, la consciencia y la transformación de las microsociedades para después convertirse en unos oídos avejentados y cerrados, corporativizados, que hacen corajes cada que venían nuevos dinamismos, hoy el reggaetón está en la cima del mainstream, con un líder mediático del momento (Bad Bunny), pregonando que si tu novio no te mama el culo, pues que no mame, sin que aquello signifique una cosa demasiado libertaria, política o transgresora en sí misma. 

Si uno atiende a la suciedad y a la ruptura de ese reggaetón que viene revelándose a sí mismo de forma visceral, dura y sin mayor intención que el roce inmediato, tal vez se pueda ver, sólo tal vez, una luz poco más completa de lo que sucede en nuestro cuerpo y fuera de él, cuando entra en contacto con otro. Pero habrá que perrear, con voluntad, duro y hasta abajo sin parar.