Especial Slang | Kendrick Lamar, de Compton al Pulitzer en los 2010s

En la década, el rapero nos reveló que en un mundo capitalista donde todo se trata de números, el poder del arte y de la música todavía yace en el discurso.
Héctor Elí Murguía | @hectoreli_
Imagen: diseño Slang / Kendrick Lamar AP.
El Especial Slang es una mirada a fondo a uno de los tantos aspectos que suceden en el contexto de la industria musical.

Un texto en colaboración con Cloob Solo

Los afrodescendientes se adueñaron de la industria del entretenimiento en la segunda década del siglo XXI. Para darse cuenta basta revisar las listas que reúnen a la gente más influyente de la revista Time, o la de los más ricos de la Forbes de los años recientes.

El poder mediático, monetario e influyente que poseen artistas como Jay-Z, Beyoncé, Rihanna, Cardi B, Travis Scott y el ahora seudopastor Kanye West, es incomparable a lo que tuvieron sus antecesores en otras épocas.

Las raperas y raperos, poetas de la urbe que narran la historia de su comunidad, tomaron la batuta de la cultura en Estados Unidos durante este tiempo; lo que nadie se imaginaba que ocurriría tomando en cuenta que el hip hop apenas nacía en unos cuantos apartamentos del Bronx a finales de los setenta.

Hoy en día son gurús del marketing y del streaming, batiendo récords que antes parecían inalcanzables para el género, como cuando el canadiense Drake rompió en dos ocasiones marcas de The Beatles en Billboard gracias a su fórmula infalible de éxito

Pero no todo ha sido acumulación de la riqueza, plays o posiciones altas en las listas de popularidad. 

 

El nacimiento de una voz 

Si hay un rapero que ha representado al movimiento del hip hop durante la década, ese ha sido Kendrick Lamar

El artista trasciende lo popular o la denominación de “rapero consciente” con el que han descrito a varios como Mos Def. Por igual, a Kendrick lo consumen en el gueto, los clavados, los blancos y hasta los menos entrados en el tema. 

A lo largo de estos diez años creció y le dio un sentido único al género, que a grandes rasgos parece haberse decantado hacia la banalidad con el ascenso de figuras como Drake o Nicki Minaj

The New Yorker lo relata como si se tratara de una profecía: Kendrick Lamar Duckworth nació en 1987, el mismo año que Eazy-E lanzó “Boyz-n-the-Hood,” una canción que para muchas personas, “definió” a Compton, la ciudad en la que creció. 

 

Como cualquier otro del vecindario, Kendrick sufrió pobreza, inseguridad e inestabilidad tanto económica como social. 

Su padre formaba parte de una pandilla de Chicago, pero voluntariamente tanto él como su madre se mudaron a California para alejarse de un violento modo de vida.

Sin embargo, Compton no sería la excepción. A los 4 años vivió las protestas originadas por la golpiza que perpetuaron cuatro policías blancos a un taxista negro y a los 5 años, vio por primera vez un asesinato frente a su casa. 

Fue gracias a Mr. Inge, su profesor de inglés, que Lamar se acercó a la poesía, las rimas, las metáforas y el doble sentido. En lugar de hacer la tarea jugaba con versos. Era un estudiante destacado que pudo haber ingresado a la universidad, pero su destino estaba lejos de la academia.

Podrían hacerse varias lecturas de la relevancia actual de Kendrick Lamar. Desde la más banal, como su importancia en la cultura del streetwear, hasta la más social, como su apoyo a la generación de empleos para los jóvenes de Compton; pero una de las formas más interesantes de analizarlo es a través de lo que tal vez realmente importa: su música.

Tras lanzar algunos mixtapes con sus amigos en el sello Top Dawg Entertainment, incluyendo su debut Section.80, Kendrick se unió a Aftermath/Interscope Records, invitado por su más grande ídolo, Dr. Dre, para lanzar el disco que lo pondría en el mapa: good kid, M.A.A.D city.

good kid m.A.A.d city, 2012.

En esa obra, K. Dot nos contó su propia historia a través de una ficción musicalizada en la que reflexionaba sobre las consecuencias del violento estilo de vida gansta que ha caracterizado a la Costa Oeste desde los años noventa; la misma, que se llevó entre las patas la vida de figuras emblemáticas como Tupac Shakur y Biggie Smalls

En lugar de regodearse de las acciones del sucio negocio de la venta de drogas y sus implicaciones, Kendrick puso dedo en la llaga del discurso: sistemáticamente, los afroamericanos son orillados a vivir de la venta de drogas por la desigualdad, la falta de oportunidades laborales y la marginación. 

Con este álbum Lamar no solo fue reconocido por la crítica sino que también llegó a posiciones altas en las listas de popularidad y mostró sus habilidades para contar historias, rapear y presentar vanguardia sonora en su música. 


De Obama a Trump: El racismo vigente y la catarsis musical

Para comprender la relevancia de lo que sucedió con el hip hop y Kendrick Lamar, es útil visualizar un contexto.

Si algo nos enseñó la década es que el racismo nunca se ha ido de Estados Unidos. Los grupos radicales de blancos incómodos por la existencia de personas de color como el Ku Klux Klan, los ultraderechistas y los confederados, no han desaparecido.

A mediados de 2013, surgió el Black Lives Matter, un movimiento derivado de la injusticia social que viven los afroamericanos, luego de que el estado de Florida exoneró a un vigilante racista que asesinó a un niño negro de 17 años.

Protestantes de Black Lives Matter en Nueva York, 2014 / AP.

En los años que siguieron, sucedieron otras manifestaciones de odio como la matanza de 7 niños en una de las iglesias negras más antiguas ubicada en Charleston en 2015, o la cínica marcha de los supremacistas blancos en Charlottesville en 2017

La comunidad negra pasó de ser representada por primera vez en la historia con Barack Obama en la Casa Blanca, a tener un presidente racista, xenófobo y nacionalista: Donald Trump. 

Estos sucesos provocaron que tanto el arte de protesta como el orgullo negro se intensificaran en la industria del entretenimiento.


El arribo de To Pimp A Butterfly 

En 2015 —dos años después del comienzo del Black Lives Matter y tres meses antes de que Trump se postulara como candidato—, Kendrick Lamar lanzó To Pimp A Butterfly, uno de los discos, hasta el momento, mejor calificados por la crítica mundial y que refleja acertadamente la realidad de los afroamericanos.

El rapero escribió el concepto de esta obra musical como si se tratara de una novela o un ensayo biográfico, y materializó los sentimientos más profundos de su comunidad generados por el racismo, la marginación, e incluso, el odio que existe entre ellos mismos

To Pimp A Butterfly, 2015.

La inspiración para nombrar al disco vino de To Kill A Mockingbird, obra clásica de la literatura norteamericana escrita por Harper Lee, que a través de un relato íntimo cuenta entre líneas la historia de un negro que es culpado duramente por los tribunales blancos al ser acusado de violar a una mujer, a pesar de ser inocente. 

El álbum en su totalidad es un statment de la negritud, donde se integran a la perfección sonidos de la diáspora afroamericana como el free jazz, funk, bebop y soul, haciéndolos vigentes y atractivos para nuevas generaciones. 

Las colaboraciones son destacables porque desfilan músicos relevantes de la década: Thundercat, uno de los bajistas más virtuosos de la actualidad; Flying Lotus, músico autónomo de vanguardia que ha capturado la atención de personajes como Thom Yorke; así como Pharrell Williams, que también logró conquistar el mainstream en esta década con “Happy” (2013).

En medio de la utopía obamista y la distopía trumpista que se avecinaba, el álbum cayó como anillo al dedo. Tal fue su impacto inmediato que la canción “Alright” se convirtió en el himno de varias protestas que se llevaron a cabo en Chicago, Cleveland, Oakland y Nueva York contra crímenes de odio.


DAMN.… ¡Un pulitzer!

Después de TPAB, Kendrick quiso reinventarse. En una entrevista que tuvo con Vice en Estados Unidos, el músico habló sobre la planeación de su futuro y las pláticas que tenía con sus fieles productores: “¿Qué podemos hacer para lograr que el álbum viva en un espacio completamente nuevo y que sigamos siendo nosotros mismos pero también nos desafiemos a nosotros mismos?”.

Kendrick cumplió este objetivo con DAMN., un álbum musicalmente virtuoso y vanguardista, que lanzó en abril de 2017El material discográfico es un reflejo de cómo funciona el arte. A partir de una revisión profunda de sus emociones, su visión religiosa y filosófica, el rapero creó las letras, beats y melodías del disco. 

Líricamente, la narrativa es cinemática y aunque hay referencias políticas, es más personal que otra cosa. Es una introspección de las debilidades y el sistema de creencias que sostienen la vida de Kendrick, especialmente el cristianismo que profesa. 

Aunque biográfico, DAMN. es un retrato del dilema generacional de las minorías que viven en Estados Unidos, y que bien podría resumirse en una sola frase: “¿En qué creo para seguir adelante en este mundo blanco?” 

La obra es una pieza única en su especie. Pueden encontrarse sonidos que provienen de distintos géneros. Hay un breve acercamiento al rock en las guitarras distorsionadas de “HUMBLE.”; una dosis poderosa de g-funk puro en “DNA.”, y hasta caricias al pop actual en tracks como “LOVE.

 

Con DAMN., puede que Kendrick haya hecho lo mismo que Bob Dylan con Highway 61 Revisited en 1965 para el rock, al orientar a su propio movimiento musical hacia la evolución

Pero esta similitud con Dylan, que es planteada por varios medios, no se limita a la musicalidad. En 2016, a sus 75 años, el músico se llevó el premio Nobel de Literatura; el galardón más prestigioso de las letras a nivel mundial. Un año después, el rapero, a sus 30, se convirtió en el primer artista contemporáneo (y no de jazz ni clásica) en ganar un premio Pulitzer en la categoría de música. 

“DAMN. es una colección virtuosa de canciones unificadas por su autenticidad vernácula y dinamismo rítmico que ofrece anécdotas que tratan la complejidad de la vida afroamericana moderna”, argumentaron los responsables de darle el premio. Sin embargo, el legado de K. Dot va más allá de ganar premios intelectualoides como este.


El legado de Kendrick 

Su influencia llegó a otras latitudes como al cine, donde se hizo presente en una de las películas más taquilleras de todos los tiempos: Black Panther. Una mega producción de Marvel Studios que involucró a un equipo de trabajo completamente afroamericano para la realización de la película incluyendo a Lamar, quien se encargó de hacer el soundtrack reclutando a artistas como SZA, Khalid, Vince Staples, Anderson. Paak, Travis Scott, The Weeknd

También, Lamar se ha relacionado con figuras fundamentales para entender a la música negra en la década, como la propia Rihanna, quien lanzó ANTI en 2016, y Beyoncé, con quien hizo “Freedom”, una colaboración del aclamado disco LEMONADE (2016). Ambas, tal vez, las mujeres anglo más influyentes del momento. 

 

Las palabras favoritas de Lamar son “perspectiva” y “disciplina“, mismas que se notan en su trabajo. “En el mundo hay muchísimos vicios, especialmente en el mundo del espectáculo. Estás expuesto a muchas cosas en todo momento. Todo lo que necesitas está ahí mismo, al alcance de tu mano. Pero, ¿cuánta disciplina tienes cuando se apaga la cámara, cuando se apagan las luces? Eso me inspira. Cómo controlar eso. Y eso muestra quién eres en realidad. Controlarte a ti mismo, ese es el poder definitivo“, le dijo el rapero a Vice

Kendrick no es el más escuchado en streaming, tampoco el más atractivo para aparecer en portadas de revistas, ni el producto comercial más potencial para las masas, pero en definitiva es un artista que, en tan solo diez años, logró revelar que en un mundo capitalista donde todo se trata de números, el poder del arte y de la música todavía yace en la sustancia, el compromiso y el discurso.